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Tito Fernández Cubillos

Fotografía Tito Fernández CubillosTiempo sin religión...

Miércoles, 16 de Noviembre de 2005
Enviar a un amigo

(Tres alcances a la réplica del director...)


"Y una manera muy peculiar de comprender las sugerencias: le dijeron que se atara el cinturón, que no fumara  y se lanzó hacia la calle, doce pisos abajo". (Roque Dalton)

1. Una Réplica sin derecho (yo respondo)

Creo que el derecho a réplica es primordial en las relaciones dialécticas, ya que sirve de feedback, para estimular el pensar, para proyectar nuevas ideas y por sobre ayuda a crecer. Ciertamente en esta columna escribe Tito Fernández Cubillos, ni bueno ni malo, amigo del Director del Saber, aún perplejo, más que por las primeras cinco líneas de respuesta a mi columna, por la profesión de fe, que mi compadre Lucho hace del mercado.  Leyéndolo atentamente me parece que no entendió el 'quid' de la crítica hecha al capitalismo, tanto por Benjamin como por mi comentario a este filósofo del siglo pasado. Mi intención no es la de lanzar a la hoja cuanto filosofo he encontrado -afirmación que me parece no estar a la altura de mi amigo- sino de participar en otras lecturas de la realidad, lejos de las tonalidades "verdad o mentira" -típicas de los fundamentalismos- sino en la variedad de colores que pueda haber entre blanco y negro. La verdad me esperaba una respuesta teórica y no una reacción histérica. Pero me parece necesario hacer notar algunas de las cosas señaladas por el Señor Director, sin ganas de polemizar, pero con muchas ganas de debatir, que me parece es la idea del noble medio donde escribimos. Si bien en el mercado la competitividad es un valor, para los que no creemos en el mercado no lo es, por el contrario, aparece como un síntoma de infantilismo agudo.

Por una parte, la interpretación de Jesús que hago, no es propia sino que se enmarca en la experiencia de la reflexión cristiana, particularmente católica. No es invención mía, sino que adhiere a la escuela teológica latinoamericana y a la tradición y magisterio de la Iglesia. En este campo hay mucha tela que cortar, los análisis del problema del libremercado en Latinoamérica son muchos y muy interesantes, hechos por gente de la altura de Leonardo Boff, Enrique Dussel, Juan José Tamayo, Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino, Juan Luis Segundo, Luis Martínez y Pedro Casaldáliga... sin mencionar a los grandes de la teología católica, siempre preocupados por los más débiles del mundo, los que pierden las batallas, los que construyen los palacios, los que, sosteniendo el mercado, no pueden participar de él, porque son excluidos sistemáticamente. Es el carisma cristiano: estar del lado de los que no cuentan.

Por otra parte, es cierto que los mecanismos del mercado han cambiado, pero los costos humanos siguen existiendo, la desigualdad y la posibilidad de convertirse en un objeto de culto omnipresente e omniabarcante están allí como en tiempos de Benjamín.  Antes se llamaba Capitalismo, ahora sutilmente lo llamamos 'mercado'. Entiendo que la memoria es una cosa difícil en tiempos de mercado, y que como el mercado es una cosa abstracta y por sobre las personas, es incapaz de recordar. Sin memoria, un pensador del siglo pasado nos parece poco actual, ¡imaginemos lo que pudiera pasar con Platón, con Horacio o con el mismo Jesús! La concepción de un mercado abstracto, descarnado y metafísicamente más allá de toda posibilidad humana, me parece idolatría y por tanto inhumana. La memoria es dolorosa, difícil y subversiva, por eso es humana. 

La respuesta a mi columna me pareció (particularmente a partir de sus primeras líneas) más que una discusión de ideas, una defensa doctrinal fervorosa, al más puro estilo de sermón apologético, con profesión de fe y ejemplos edificantes y prácticos.  Nada personal ciertamente, pero de seguro una manifestación sintomática de lo que el anacrónico Walter Benjamín -que de seguro ahora conoce al menos de nombre- detectaba desde su tiempo para el futuro que somos nosotros.

2. La conciencia del poder de los que no cuentan

La replica de Luis dice bien al individuar como una de las principales características del capitalismo contemporáneo la intensificación del consumo a través de los medios masivos que buscan unificar el mercado globalizado. El lo llama información de los consumidores, y es lo que constituye uno de los espejismos más duros del mercado. Nos movemos en un escenario dominado por redes infoelectrónicas y satélites que facilitan la libre circulación de productos y servicios culturales en todos los continentes, aumentando las ganancias de las corporaciones transnacionales, en desmedro de quienes las consumen. Vivimos sumergidos en una sucesión permanente de imágenes, sonidos y datos que estimulan el consumismo y difunden los valores dominantes. Es cierto que tenemos la sensación de ser privilegiados por la exuberancia de los flujos mediáticos, pero, al mismo tiempo, percibimos que jamás seremos capaces de retener ni una pequeña parte de esa impresionante exposición de informaciones, de ofertas de consumo y entretenimiento. Pareciera ser que el tiempo real se diluye cada vez más, (Benjamín lo llamaba aceleración histórica) porque todo es demasiado veloz e inmediato, todo parece disolverse y restituirse sin un mínimo derecho a intervalo de reposo.

Esta profusión de información se ajusta a la intención de los medios y de las industrias culturales de aumentar la ansiedad por experiencias y sensaciones (lo que Benjamin entiende por preocupaciones), comprendiéndolas en sus productos y programaciones, con la finalidad de garantizar siempre más lucros y rentabilidad a sus negocios. Un consumidor informado no es otra cosa que un consumidor exquisitamente adiestrado a absorber lo que le dan. La idea es la de dominar el mercado y rentabilizar las inversiones, no se trata de crear ningún equilibrio, ya que los medios divulgan un cuerpo irracional de mensajes, beneficiándose del constante perfeccionamiento tecnológico y también de la ausencia de un control público eficiente sobre ese sector estratégico del mundo actual. No hay tal equilibrio de mercado, se genera siempre un desequilibrio más agudo.  En fin, las corporaciones transnacionales disfrutan de una plusvalía excepcional obtenida con la exportación en serie de sus productos y servicios para todos los continentes. Cada vez más crece ininterrumpidamente la oferta de mercancías por sobre la demanda real, y se concentra cada vez más la propiedad de los medios de comunicación en las manos de gigantes empresariales que disponen de poderío financiero, visión estratégica, capacidad industrial y esquemas de distribución por el planeta. Todo eso facilitado por las desregulaciones y privatizaciones absurdas que han sido promovidas por los gobiernos neoliberales -latinoamericanos especialmente- en los años 1980 y 1990.  Es lo que un pensador del siglo XV ya veía venir: información es poder. La saturación audiovisual (lo que el libremercado entiende por información) no se agota en la búsqueda de realización de deseos y placeres; constituye un atajo seguro para la mercantilización. En el contexto del capitalismo neoliberal, los productos culturales se convierten en mercancías, perdiendo muchas veces sus contenidos humanos, sus calidades artísticas o sociales, que son disueltas en el puro valor de cambio monetario.

El discurso del mercado ofrece una pluralidad cultural como condición esencial para el fortalecimiento de una vida civil, instalándose más allá de los valores éticos y de las identidades comunitarias. Pretende una globalización, un mercado único, el fin de toda diferencia sostenible.  Este mercado único se disuelve en un culto a la velocidad que pretende diluir o restringir los sentidos múltiples de comprensión de los hechos sociales, amenazando en una idolatría del mercado como síntesis de toda organización social posible, generando un pensamiento mediático como dogma supremo e indiscutible (la farandulización de lo real). En el fondo el mercado va dejando en su andar, las marcas visibles de un desarrollo socioeconómico profundamente desigual.

3. Un desencanto "zurdo" para un optimismo de "derecho"

La verdad es que mi amigo Luis profesa una visión muy optimista (y a veces me parece ingenua) del mercado, cuando bajamos a los hechos, nos encontramos que indican todo lo contrario pues, hasta el momento, el proceso globalizador neoliberal del mercado en ninguna parte ha acarreado beneficios compartidos, contrariamente ha mantenido y reforzado los aspectos esenciales del capitalismo tradicional (ese del tiempo de Benjamín) -todo se basa en la relación de producción fundada en la explotación del trabajo por el capital-, que se verifica en un desarrollo desigual traducido en un mantener y profundizar las diferencias sociales y regionales que él mismo genera. El economista Egipcio Amir Said señala al respecto: "La expansión capitalista no implica ningún resultado que pueda identificarse en términos de desarrollo. Por ejemplo, en modo alguno implica pleno empleo, o un grado predeterminado de igualdad en la distribución de la renta." Esto es porque el mercado se basa en una razón de desigualdad ya que  persigue la expansión del capitalismo por la búsqueda de la máxima ganancia para las empresas, esto es, sin mayor preocupación por las cuestiones relacionadas con la distribución de la riqueza, o la de ofrecer empleo en mayor cantidad y calidad.

No se trata de demonizar al mercado, o estigmatizarlo, pero requiere al menos una visión critica que parta de lo humano y se remonte hasta el punto de partida.  Se trata de resituarlo. No se puede entregar una concepción total del ser humano a manos de un aspecto restringido y voluble como es la economía. Se requiere de un humanismo integral capaz de conjugar la realidad del intercambio contractual humano sin absolutizarlo o pretender ponerlo por sobre las capacidades humanas. Ciertamente es un anacronismo lo que digo, son ideas de hombres pasados, pero ya el mercado demuestra una ausencia de memoria, no es capaz de recordar el desbande de los antiguos países de la órbita socialista entregados a más no poder al capitalismo desenfrenado, ni es capaz de ver lo que ocurre en África con la penetración salvaje de las multinacionales de la telefonía y la comunicación. Que el mercado es una cuestión abstracta que regula las relaciones humanas o es una afirmación tan ingenua, incapaz de recordar que una decisión de los mercados Europeos o gringos pueden arruinar a Burkina Faso o a Haití, o simplemente es que comulgamos con ruedas de carretas sin poder distinguir una mentira descarada de una verdad incipiente. Quisiera dejar abierto el debate con una reflexión del sociólogo francés Alain Touraine que nos puede iluminar en la reflexión:

"La afirmación de que el progreso es la marcha hacia la abundancia, la libertad y la felicidad, y de que estos tres objetivos están fuertemente ligados entre sí no es más que una ideología constantemente desmentida por la historia […] Más aún, lo que se llama el reinado de la razón, ¿no es acaso la creciente dominación del sistema sobre los actores, no son la normalización y la estandarización las que, después de haber destruido la economía de los trabajadores, se extiende al mundo del consumo y la comunicación [...] Y no es acaso en nombre de la razón y de su universalismo como se extendió la dominación del hombre occidental, varón, adulto y educado sobre el mundo entero".

Autor: Tito Fernández Cubillos

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