"Comparación entre las imágenes de los santos de las distintas religiones, por un lado, y los billetes de los distintos Estados, por el otro. El espíritu que se expresa en la ornamentación de los billetes". (Walter Benjamin)
1) Un problema que aún no se problematiza del todo
Hemos escuchado muchas veces, especialmente en el contexto de Navidad o de Semana santa, la protesta contra el desarrollo de una religiosidad del consumo de la cual participamos todos. Pero el problema pareciera ser de un cuño más serio. En nuestros tiempos de pretendida posmodernidad y de un franco poscristianismo nos hemos arriesgado a encarnar y proponer una religión de acuerdo con los tiempos. Así, al plantearnos al mercado como un ente -abstracto- regulador de todas las relaciones humanas, hemos dejado que ocupe los espacios aglutinadores de la vivencia humana, particularmente en la esfera religiosa. No podemos negarnos al hecho casi cotidiano del mercado, que ha desplazado a las ideologías, que está desplazando la política y de manera muy sutil ha comenzado a ocupar los espacios de la religión.
Pero no se trata de un problema nuevo, de alguna manera Max Weber lo intuía en su célebre "Ética protestante y espíritu del capitalismo", al darse cuenta que había una relación estrecha entre capitalismo y religión protestante y que Walter Benjamín, el genial e inclasificable pensador alemán, en los años 20 desarrolla en un lúcido artículo bajo el título "El capitalismo como religión". Benjamín entiende al capitalismo, no como una mera construcción religiosamente determinada (a diferencia de lo planteado por Weber), sino que lo describe como un "fenómeno esencialmente religioso". Con el advenimiento de la Reforma protestante, que va a cambiar radicalmente la fisonomía de comprensión del cristianismo, no sólo surge una rama cristiana que se identificara favoreciendo la formación del capitalismo, sino que el cristianismo mismo se trasforma en capitalismo:
El cristianismo no favoreció en tiempo de la Reforma el surgimiento del capitalismo, sino que se transformó en el capitalismo... ...Capitalismo es una religión que consiste en el mero culto, sin dogma. El capitalismo se ha desarrollado en Occidente -como se puede demostrar no sólo en el calvinismo, sino también en el resto de orientaciones cristianas ortodoxas– parasitariamente respecto del cristianismo, de tal forma que, al final, su historia es en lo esencial la de su parásito, el capitalismo.
Brillantemente, Benjamín, señala que el capitalismo comporta una religión, porque se articula como una devoción de culto, centrada en el más extremo utilitarismo, que como culto posee una duración permanente enfocada desde una autogeneración del éxito, una ebria celebración de los balances y de los beneficios y una orgía del consumo, deudora de una laboriosidad cúltica que no conoce fronteras. Como religión es una religión de la opresión, porque lejos de liberar de la culpa, el culto capitalista culpabiliza por sí mismo y Dios "debe ser ocultado, invisibilizado", para dar paso a los sucedáneos de consumo: los nuevos rostros de Dios para los hombres. Benjamín lo formula así:
Hay que ver en el capitalismo una religión, es decir, el capitalismo sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas preocupaciones, suplicios, inquietudes, a las que daban respuesta antiguamente las llamadas religiones. La verificación de esta estructura religiosa del capitalismo no sólo, como creía Weber, en cuanto forma condicionada religiosamente, sino en cuanto fenómeno esencialmente religioso, llevaría todavía hoy al extravío de una polémica universal exagerada. No nos es posible apretar la red en la que nos sostenemos. Sin embargo, en el futuro se apreciará eso.
Mientras desarrollaba las primeras líneas de mi reflexión me parecía que, plantearse este problema del capitalismo como religión, pudiera ser desfasado ante la promesa ‘exitista’ y de eterno bienestar que hegelianamente nos ofrecen los misioneros del neoliberalismo, pero sin duda, lo que dijera Benjamín del capitalismo nos puede servir para entender al neoliberalismo, para pensar seriamente en lo que nos estamos metiendo o simplemente y amurrarnos y quedarnos fuera del juego.
2) Esta religión que no religa
Pensar críticamente el neoliberalismo -ahora que todos inexorablemente somos de derechas- es darse contra el muro, casi como en la Edad Media cuando se elaboraba una crítica a la cristiandad, a la doctrina o a la fe. Sencillamente es mear sobre la torta de cumpleaños y arruinar la fiesta. Pero para nadie es raro que el neoliberalismo se configure como un sistema inflexible de creencias universales que funciona tal como una religión monoteísta de tendencia rígida y deshumanizadora. En ella el Mercado suplanta al Dios de las religiones monoteístas tradicionales y se apropia de sus viejos atributos: omnipotencia, omnipresencia, omnisciencia, providencia. En este sentido se configura como una metafísica implacable donde el mercado aparece como un Dios único y celoso, que no admite rival, ni divino ni humano. Proclama -con la misma furia con que el catolicismo lo hiciera alguna vez- que "fuera del mercado no hay salvación", mientras que excluye de la posibilidad de salvación a la mayoría de la población del Tercer Mundo y a amplios sectores del Primer Mundo. Si nos gustan las cifras hablamos casi en total de más de dos terceras partes de la humanidad.
Y como buena religión que se imponga y se respete, el neoliberalismo o "la religión monoteísta del mercado" tiene sus textos canónicos que exponen la doctrina económica, sana y ortodoxa. Y posee sus padres espirituales: Von Hayek y Friedman, que expresan la visión del mundo, con un marcado carácter dualista -casi esquizofrénico-, donde se disocian hechos y valores, ética y economía, individuo y sociedad, trabajo y placer, libertad e igualdad. Esta religión considera heréticas todas las criticas a su doctrina económica, y los califica de demagógicos, desfasados o simplemente los ignora aplastando toda oposición. Y como religión también celebra: en sus asambleas litúrgicas, en las reuniones del G-8, BM, FMI, OMC, donde se toman las decisiones acerca de la economía mundial, y que afectan -sin vuelta para darle- en su mayoría a los países subdesarrollados. Éstos, que no intervienen ni pueden ejercer el derecho de veto en dichas asambleas y a quienes se les promete un futuro como el presente de las naciones ricas, se ven obligados a aceptarlas y ponerlas en práctica so pena de terribles sanciones que repercuten severamente en las mayorías populares, ya de por sí marginadas. Reprime las manifestaciones de los movimientos de resistencia global por considerarlas atentatorias contra el "sagrado" orden establecido. Decirse no-global o tratar de mantenerse fuera del neoliberalismo significa lo mismo que haberse dicho ateo en otras épocas.
Nos encontramos que la religión del mercado dispone de eficaces vías de influencia en la opinión pública, como son las llamadas "biblias de inversores y especuladores de bolsa" (cosa que, según dijo el teólogo Juan José Tamayo, es una termino acuñado por Ignacio Ramonet): Wall Street Journal, The Financial Times, The Economist, y todas sus versiones regionales, que anuncian el "evangelio de la felicidad" del neoliberalismo y defienden la privatización como solución a todos los problemas. Posee también sus sacramentos encarnados en los productos comerciales que se publicitan a través de una atractiva simbólica venal, cargada de mensajes subliminales orientados a crear necesidades que la mayoría de la gente común no puede satisfacer, y a motivar el consumo de manera compulsiva. Todos pueden participar, aunque la verdad pocos puedan realmente hacerlo.
3) Algunas de las raíces teóricas de la religión neoliberal
Junto con el transformarse del Cristianismo en el Capitalismo a partir de la reforma, Benjamín cree que el tipo de pensamiento religioso capitalista se encuentra extraordinariamente expresado en la filosofía de Nietzsche. El desarrollo religioso capitalista llega a su punto de cocción con el advenimiento del temido filósofo del bigotón. La idea del superhombre pone el salto apocalíptico no en la conversión, expiación, purificación, penitencia, sino en el acrecentamiento aparentemente permanente, pero, en el tramo último, discontinuo y a saltos:
Por eso, aumento y desarrollo son en el sentido del non facit saltum incompatibles. El superhombre es el hombre histórico conseguido sin conversión, que ha crecido tanto que sobrepasa ya la bóveda celeste. Esta voladura del cielo por medio de un acrecentamiento de la condicionalidad humana, que religiosamente es y se mantiene (también para Nietzsche) como endeudamiento, la prejuzgó, predeterminó Nietzsche. Y en forma parecida, Marx: el capitalismo incorregible se volverá, con intereses e intereses de intereses, cuya función es la deuda (véase la ambivalencia demoníaca de este concepto), socialismo.
Otra vertiente la encuentra en la teoría freudiana, entendida como parte de la dominación sacerdotal de este culto, Ya que está pensada de una forma totalmente capitalista: Lo reprimido, la imaginación pecaminosa, es, por profundísima analogía que habrá aún que iluminar, el capital, que es explotado por el infierno del inconsciente. Pero Benjamín, en su inconstancia natural -la queja es de su amigo Teodoro Adorno- nos deja con una duda para rumear respectos del origen de la religión de mercado:
Metódicamente habría que investigar primeramente qué conexiones estableció en cada momento a lo largo de la historia el dinero con el mito, hasta que pudo atraer hacia sí tantos elementos míticos del cristianismo y constituir ya así el propio mito.
4) La más terrible expansión Misionera
La religión neoliberal ha alcanzado una gran difusión gracias a la gran red orgánica de templos profanos que posee en todo el mundo: los bancos, a cuyas sucursales con sus mostradores y ventanillas -cuales confesionarios y altares- se acercan los fieles-clientes con el mismo respeto y las mismas reverencias que en otro tiempo los creyentes en sus templos. Posee las grandes superficies comerciales, verdaderos lugares de peregrinaciones masivas, catedrales y santuarios, para los consumidores de todas las ideologías y credos. No hay un lugar del mundo en donde no nos encontremos con una estructura medianamente dispuesta para su culto. Esta religión posee y practica sacrificios, pero no en modo simbólico, como las demás religiones, sino en todo su realismo. En los altares de la llamada 'globalización neoliberal' (para mi otro seudónimo del imperialismo económico) se sacrifican diariamente vidas humanas: pobres, niños, mujeres, discapacitados, marginados y excluidos del sistema por el propio sistema. Pero también adquiere dimensiones cósmicas, porque en el mismo altar se sacrifica la vida de la naturaleza a través de la tala de los bosques, de la contaminación del aire, de los ríos, de la vegetación, de los cultivos, etc. Y para que nos quedemos tranquilos inventa teorías y propuestas bajo el 'logo' de la ecología: es decir una forma de destrucción racional del ambiente. Y todo se hace "ad maiorem capitalismi gloriam".
Pensemos que si en la enseñanza de Jesús de Nazaret, que toma cuerpo doctrinal en el cristianismo, predominaba la misericordia por sobre los sacrificios y la ley, en la religión del mercado por medio de la "preocupación" predominan los sacrificios y la hegemonía de la ley. Esta "preocupación" es lo que Ortega y Gasset llama la alteración, este estar permanentemente acechado por otro, o por lo otro: de un lado por la competencia-demanda o por el otro el sistema-oferta. Si en el cristianismo se postulaba el perdón de las deudas, aquí se impone el pago hasta el último céntimo y eso es la mayor fuente de preocupación de nuestros días: ya no es no caer en tentación sino más bien, no caer ante el peso de las deudas. Benjamín lo grafica así:
Las preocupaciones: una enfermedad del espíritu que es propia de la época capitalista. Situación de aporía espiritual (no material) en pobreza, mendigos, monacato. Una situación que carece tan absolutamente de salida es culpabilizante. Las preocupaciones son el índice de esa conciencia de culpa por la ausencia de solución. Las preocupaciones surgen por el miedo a la aporía de tipo comunitario, no individual material.
Esta religión cuenta con su propia organización basada en un 'alto clero transnacional', representado por organizaciones bien conocidas por nosotros (el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio) que gozan de un poder no directamente legitimado y lejos de cualquier participación democrática. Un clero que predica, con fervor y el celo misionero, un credo económico único, al que se ha convertido la mayoría de los Estados del planeta, especialmente los más pobres, esperando un día gozar de tanta maravilla. Si el neoliberalismo posee pretensiones metafísicas, las encarna en un terrorismo salvaje de lo uno. El esfuerzo de estas entidades misioneras se basa en convencerlos de que por medio de adecuación a la práctica de ese credo puede salvarlos del caos en que viven sumidos. La idea es de hacerlos entrar "en el santoral de la prosperidad", por medio de la penitencia que imponen los severos ajustes estructurales, que permitirán la virtud moral económica necesaria para participar de tamaña novedad. Benjamín lo concibe del siguiente modo:
Contribuye al conocimiento del capitalismo como una religión el darse cuenta de que, en primerísima instancia, los infieles seguramente concibieron la religión no como un interés más elevado, moral, sino como el más inmediato prácticamente, de que, con otras palabras, fueron tan poco conscientes como el capitalismo actual acerca de su naturaleza ideal o trascendente, que vieron, más bien, en el individuo irreligioso o heterodoxo de su comunidad un miembro inequívoco de ella, igual que la burguesía actual en sus miembros no productivos.
Ninguna religión ha sido capaz de extender de manera tan eficaz y universal su credo como la del mercado. Todo gracias a pensadores capitales (y cínicamente despiadados) como Michael Novak, quien, tras intentar demostrar que el capitalismo es el mejor modelo económico por las riquezas que genera, la excelente distribución de las mismas y el logro de los mayores niveles de felicidad, planteándose seriamente que la 'tradición judeo-cristiana es el suelo de ese sistema económico' y constituye un aliciente para la "ética de la producción", si es que existiera una ética tan resistente. Otro de los pilares del mercado es Michel Camdessus, ex secretario general de la Fondo Monetario Internacional y actualmente vinculado a los asesores del Vaticano en materia de ética económica, quien presenta a los empresarios cristianos como "los administradores de una parte en todo caso de esta gracia de Dios -el alivio de los sufrimientos de nuestros hermanos- y los procuradores de la expansión de su libertad". Todo un deslumbrante teólogo. Pareciera ser que el hombre en resumidas cuentas propone la necesidad unir en santo matrimonio al mercado mundial y al reino de Dios universal como condición necesaria para una mayor producción y un mejor reparto de los bienes producidos. Pero sabemos -desde Carlomagno a nuestros días, y para desilusión de Hegel y Heidegger- que el fracaso de los regímenes de cristiandad, y todas sus manifestaciones temporales, son un fracaso, un cuento viejo.
Hay que estar muy atentos con esta religión, y con sus pensadores-teólogos, porque a pesar de hacer suyos en su discurso muchos elementos de una opción por los pobres -aunque sólo de forma retórica- en la teoría y en la práctica legitiman al sistema que causa la pobreza, dejando en sus aplicaciones cadáveres por doquier, lo que resulta incompatible con el Dios de la vida de la mayoría de las religiones. Y eso ciertamente no tiene nada que ver con lo religioso. No basta afirmar principios igualitarios parecidos a los del cristianismo, tomando en cuenta que cuando se hacen realidad en la economía de mercado sólo generan desigualdades sin límites y cada vez más profundas. "El capitalismo ha triunfado", decía Pier Paolo Pasolini en los años 50, y pareciera que tenía razón de sobra, sobretodo si nos convertimos de lleno a esta nueva religión, pudiera ser que haya vencido de una manera definitiva, sospecha que el genial Benjamin ya proponía en los inicios del siglo pasado y que nos pena como un fantasma en los nuevos tiempos.