"Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca: Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis". (Mt. 10, 7-8)
Cotidianamente hablamos de milagros: "milagro de la ciencia o la tecnología", "un milagro del cielo", "un milagro económico", "un milagro de la Virgen", pero en realidad no siempre tenemos claro que cosa es un milagro. Partamos desde lo más básico y escolástico para tratar de entender el significado y la palabra milagro.
Etimológicamente, milagro, viene de la palabra latina miraculum, que significa "maravilla" o "prodigio". El concepto "milagro" posee un campo semántico emparentado con los significantes de orden religioso ya que se le entiende como "un efecto perceptible a los sentidos que sobrepasa los poderes de la naturaleza y de todo ser creado". Es por lo tanto una acción de lo divino y que posee como fin dar testimonio del poder de la divinidad y ser una afirmación de su presencia en lo creado, que está siempre bajo la guía providente de lo divino. Es una manifestación de la libertad creadora de lo divino que "generalmente realiza su obra valiéndose de las leyes que Dios mismo puso en la naturaleza", pero que no está limitado a ellas.
El milagro es "un hecho producido por una intervención especial de Dios, que escapa al orden de las causas naturales por Él establecidas y destinado a un fin espiritual". La reflexión teológica en su narración nos hace ver que es "lógico que el Creador pueda actuar por encima de las leyes naturales creadas por Él mismo, cuando esa actuación no sea contradictoria". Dios no puede hacer que un círculo sea cuadrado o que lo frío sea a la vez caliente. Pero puede hacer que lo frío se haga repentinamente caliente, que se suspenda por un tiempo la ley de la gravedad o que en ciertas causas el círculo exprese una cierta cuadratura. Ahora bien, para realizar esa acción extraordinaria, y tan poco habitual, debe existir un motivo. El milagro pasa así a ser signo de algo que Dios quiere manifestar a los hombres, por una parte para confirmar la verdad de lo que uno enseña, pues las cosas que exceden a la capacidad humana no pueden ser probadas con razones humanas y necesitan serio con argumentos del poder divino, y por otra, para mostrar la especial elección que Dios hace de un hombre. Así, viendo que ese hombre hace obras de Dios, se creerá que Dios está con él.
Particularmente la figura humano-divina de Jesús se enraíza en la fe popular a partir de los milagros. Pedro, el apóstol, es testigo de Jesús que "pasó haciendo el bien" (Hch. 10, 38). Este bien no se limitó en encuadrarse en una predicación de una doctrina extraordinaria y e iluminadora para el hombre, ni tampoco en una salvación de las almas, desencarnada de los contextos históricos, sociales o políticos, sino que hizo abundantes milagros a partir de lo concreto: curando enfermos, atendiendo a peticiones de los excluidos y marginados de su tiempo, resucitando muertos, multiplicando panes, procurando pesca abundante, convirtiendo el agua en vino, etc. Si leemos estos milagros con nuestra mentalidad 'holliwoodiana' nos resultan hechos prodigiosos y vacíos, descontextuados y sin el sentido profundo en que Jesús los hizo: anunciar la cercanía de Dios a todos los hombres. Aunque Cristo no vino a quitar el dolor y la muerte del mundo (más bien vino a asumir radicalmente la experiencia del drama humano) sin embargo, estas acciones prodigiosas y los milagros sobre la naturaleza los realizó como muestra del inmenso amor que la divinidad tiene por los hombres y como muestra del poder de Dios en el mundo aquí y ahora. Es la expresión de un Dios que continúa obrando maravillas. Los milagros de Jesús son, ante todo, signos, señales, tanto de Quién es Él, como de cuál es la misión que ha recibido de Dios. Si miramos las escrituras (especialmente los Evangelios) nos daremos cruenta de que no se trata solamente de hechos portentosos de un ser superior -al estilo del superhombre Nietzscheano- sino de una manifestación de una realidad salvadora sobrenatural. Son las señales de que ha llegado el Reino de los Cielos y de que Dios está con el que los hace. Son también señales de la transformación interior que se va a obrar en los espíritus; de la conversión y del cambio de mente. A la vez, son señales del amor misericordioso de Dios por los hombres. Los milagros son la manifestación de una toma de posición de Dios por aquellos más postergados dentro del mundo.
La concepción cristiana de milagro se desprende de esta última nota: el anuncio de un Dios misericordioso y cercano al hombre. Jesús no es un curandero, un mago o un superhéroe al estilo de los Comics, sino el Salvador anunciado por los profetas; el que trae la salvación definitiva a todos los hombres. Jesús revela el poder de Dios Salvador. Nunca hizo milagros en provecho propio, de hecho pasó hambre, sed, cansancio y se enfrentó a la muerte. Tampoco los hizo como una ostentación; más bien tendía a ocultarse y muchas veces dice a los que ha curado que no lo digan a nadie. Los verdaderos milagros no pueden ser realizados sino mediante el poder divino, porque sólo Dios puede mutar el orden natural, que es en lo que consiste el milagro. Por ejemplo, cuando Jesús camina sobre las aguas, hace algo que en el Antiguo Testamento se presenta como acción propia de Dios, y les dice: Yo soy, no temáis, repitiendo las palabras que Dios dijo a Moisés al preguntarle éste su nombre: Yo soy. Todos los milagros hechos por Jesucristo contienen una enseñanza precisa: unas veces son una llamada a la fe, otras al arrepentimiento, otras manifiestan la misericordia divina o su poder sobre el mal. Jesús es la señal, el signo, de que Dios está presente en medio de su pueblo y le ama. La señal ya no es un edificio de piedra (el Templo) o una tienda de acampada (como cuando los israelitas caminaban por el desierto), sino el Hijo de Dios que está en medio de nosotros.
Cristo anuncia con su predicación un nuevo Reino de Dios, que realiza y supera todas las esperanzas del pueblo elegido. Esta predicación es apoyada con los milagros. Los milagros son un anticipo de la salvación, además de una llamada a la fe. Por eso hay milagros que significan una clara salvación y redención de los tres males que esclavizan a los hombres: el espíritu del mal, el dominio del pecado y la desesperanza de la muerte. Con los milagros, Jesús quiere dejar patente que ya ha llegado el Reino de Dios y cada milagro se manifiesta a contra pelo de una de estos tres males. Los milagros no sólo se dan al interno del pueblo elegido, sino que se extienden a personas que no pertenecen al pueblo de Israel. Con ello, se pone de manifiesto que el Reino de Dios es para todos. La curación del hijo del funcionario real, que era un pagano (lo mismo ocurre con la hija de la cananea y otros), es un nuevo signo de esa total apertura del Reino: la salvación es para todos.
En los Evangelios el milagro posee una íntima relación con la fe. Sólo quien tiene fe se salva. La falta de fe hace imposible el milagro. Recordemos que en Nazaret se escandalizaban de Jesús y "por la incredulidad de ellos" (Mt. 13, 58) "no pudo hacer ningún milagro" (Mc. 6) o tal vez quiso... Gran parte de los milagros los hizo Jesús a petición de los interesados o de sus amigos, y pedir el milagro ya es fe, porque tener fe no es sólo creer en Jesús, sino que creer en Jesús. Este 'creer en' se requiere como condición para obrar el milagro un acto explícito de fe: "¿creéis que puedo hacer esto?" (Mt. 9, 29) "El que cree en mi, aunque muera vivirá... ¿crees esto?" (Jn. 11, 25-26). El mismo Jesucristo se conmueve ante la fe del centurión, de la mujer cananea, del paralítico y de sus camilleros. Una frase frecuente en los labios de Jesús al hacer milagros es: "Tu fe te ha salvado"; "hágase conforme a tu fe" (Mt. 9, 22; 15, 28). Pero también en ocasiones la fe viene después del milagro, porque éste fue producido en hombres de buena voluntad. Es el caso del ciego de nacimiento, quien, una vez curado, se encuentra con Jesús, que le dice: "¿Crees en el Hijo del hombre?"; y el ciego responde: Señor, ¿quién es para que yo cree en Él? ; a lo que Jesús respondió: Me estás viendo; es el que habla contigo. Dijo él: Creo, Señor; y se postró ante Él" (Jn. 9, 35-38). Sin duda el tema predominante de los Evangelios es la fe, como respuesta a las manifestaciones de Dios. Sólo por ella le llega al hombre la salvación o el Reino de Dios presente ya en Jesús de Nazaret. A los creyentes les invade alegría y paz verdadera. Los que no creen, quedan contentos con la señal (signo) o milagro, pero no penetran en su significado.
Los creyentes ven en los signos, más allá del suceso concreto, una intervención de Dios. Es sorprendente la reacción del padre del niño epiléptico, quien ante la expresión de Jesús "Todo es posible para el que cree., grita: -¡Creo! Ayuda mi incredulidad" (Mc. 9, 23-24). De todos modos, no basta con presenciar los milagros para creer. La prueba es que muchos que vieron los milagros, sin embargo, no creyeron. La fe exige un compromiso y una disponibilidad, no sólo un dejarse impresionar emotivamente por un hecho inexplicable, sino que creer en Cristo, anunciar el Reino de Dios y buscar vivir en la justicia, compartiendo la vida con el pobre, el huérfano, el forastero y la viuda, con los últimos y los excluidos de nuestros sistemas sociales. Mostrar con la vida de que Dios está en medio de los hombres, ese es el verdadero milagro.