"Encontraron a Don Goyo,/ muertecito en el arroyo... Que lo mataron por celos,/eso fue lo que dijeron y ahora/ se están preguntando que quien fue/ que lo mato/ Ese muerto no lo cargo yo,/que lo cargue quien lo mato,." (Giolito y su combo)
1. El retorno de lo divino
Escribir acerca de Nietzsche y la muerte de Dios pareciera no ser una idea muy veraniega. Mirando las ofertas de las librerías me doy cuenta que Dios, la divinidad está de retorno. Digamos que en cierto modo Dios está de moda. Mucha gente decepcionada de su vida cotidiana buscan una experiencia de sentido en los idearios religiosos más diversos, desde las formas más burdas de la reencarnación hasta los gnosticismos más exquisitos y cultos. A simple vista me parece que las religiones occidentales de peso histórico se han desgastado y que sus narraciones de sentido, centradas demasiado en el intelectualismo, se han quedado pegadas. Eso de hacer que la fe se hiciera comprensible por la razón de San Anselmo, se ha convertido en una ladrillo intelectual casi intraducible. La religión de la palabra dada, de Dios que habla al hombre, se ha convertido en la religión de la palabra explicada, comentada, analizada y representada, aunque siempre de fondo quede la experiencia que no siempre puede ser narrada.
Vivíamos tranquilitos los tiempos de la muerte de Dios. Mientras, bajo la sombra de Francis Fukujama, nos creíamos la muerte de la historia y el más entretenido tiempo "necro" que anunciaba la muerte del arte, del rock, de condorito, de la democracia, de la política... de todo menos de los pelotudos porque esos, lo sabemos, nunca mueren. Y los pocos temas que restaban por morir daban espacio a la sobreestetización de la realidad, la farandulización de el mundo social y toda esa yerba que criticamos, pero que termina por entretenernos. En esa experiencia del vacío, las sectas, los nuevos herméticos, los movimientos seudo orientalistas, los grupos que adhieren a la inteligencia afectiva y a la conciencia planetaria nos han traído una imagen de lo divino más amplia, más difusa y mas confusa capaz de proponer a Dios como un tema de conversación y diálogo. Es curioso, en 1995 Jack Miles, un ex jesuita gringo, osó a escribir una biografía de Dios, algo así como si Dios, después de darnos los originales de su experiencia a través de la naturaleza creada y la historia con el hombre, de concedernos la Biblia como un manual de interpretación de dichos originales, ahora se requiere una narración extra teológicas para mostrar que Dios goza de buena salud. Y le damos duro a un montón de novedades culturales que nos tratan de hablar de Dios. Nos llama la atención y desconfiamos de tales anuncios.
Pero debemos estar atentos porque históricamente hemos cometido tantas injusticias en nombre de Dios. Entre las más recientes es plantear que Nietzsche, el temible filósofo alemán del bigotón espeso, es el padre de todo el ateismo moderno. Esto no ocurre solamente en el pensar popular, sino que muchas veces en los que se sienten comentadores del filósofo o agredidos por sus filudas ideas. Nietzsche no anuncia la muerte de Dios como una obra suya o como un sueño a ejecutar programáticamente: Todo lo contrario, el filósofo de Sils-María hace las veces de un testigo impresionado por el deicidio realizado por la burguesía de su época, la flor de la nada que se extenderá a lo largo de "los próximos dos siglos de historia europea". Los deicidas son nuestros abuelos positivistas, los de la fe ciega en el progreso permanente y en la omnipotencia del capital o de la ideología, guiada por el ojo omnisciente de la ciencia, tecnificada y retratada en los US Dollars (in God We trust). Digamos que Nietzsche lo encontró recién muertecito en el arroyo.
2. El cadáver insepulto de Dios
Curiosamente el tema de la muerte de Dios, lo encontramos totalmente achacado al "filósofo del martillo", cuando era una cosa que se respiraba en el mundo de afines del siglo XIX. Nietzsche, más que un filosofo fue un literato visionario, simplemente tomo acta (de defunción) de un hecho que comenzaba a perfilarse velozmente: la descomposición del cadáver de Dios. En el "Loco" de la 'Gaia Ciencia' §125, escribe lucidamente: "¿Qué a dónde se ha ido Dios? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos su asesino". El hace un parte de defunción de Dios: "Todavía se cuenta que el loco entró aquel mismo día en varias iglesias y entonó en ellas su Requiem aeternan deo. Una vez conducido al exterior e interpelado contestó siempre esta única frase: ¿Pues, qué son ahora ya estas iglesias, más que las tumbas y panteones de Dios?". Basta mirar algunas de las iglesias del mundo teutón o gálico para darse cuenta de que Nietzsche pudiera tener razón. Porque antes de ser un deicida, Nietzsche es un testigo lúcido del acontecimiento, es quien nos acusa de haber dado muerte a Dios y da en el clavo cuando dice que nuestras iglesias, empoltronadas en su tradición y costumbres, arrebatadas de sentencias descontextualizadas y obligaciones contractuales, muchas veces con rasgos inhumanos, con una obsesión por la demonización del mundo, con un peso insoportable de culpas o con un triunfalismo poco dialogante, que tapan a Dios, que lo cubren o lo dejan fuera de la visual del hombre. Nietzsche no la tiene tanto con Dios sino con los que han hecho una narración de él. No es un ateo puro y militante que afirma la no existencia de Dios, sino que, más radicalmente, proclama su muerte. "¿No nos llega todavía ningún olor de la putrefacción divina? ¡También los dioses se pudren! ¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!".
El pensamiento del filósofo se basa en una inversión de la óptica cristiana -que llama trasvaloración de los valores- ya que los pobres, los pequeños, las víctimas de la historia son los que dan muerte efectiva a Dios. Es la irrupción de la burguesía, la fascinación de la razón, la fe en lo estrictamente empírico exaltan un nueva divinidad: el dios del poder, de la voluntad, del resentimiento y de la exclusión. Donde el cristianismo ve idolatría o un disvalor el filósofo bigotón no se hace problemas en ver una manifestación de otras dimensiones de la divinidad o de una nueva divinidad. El Dios muerto, pero continúa a proyectar su sombra en las cavernas en donde se refugian los hombres. Su cadáver resta insepulto y como tal incomoda al hombre corriente que no quisiera pensar en estas cosas. El cadáver de Dios se descompone y su hedor danza en la conciencia infeliz de cada hombre, hemos participado de un hecho prodigioso: hemos dado muerte a Dios. Debemos notar que el asesino de Dios no posee un espacio temporal histórico, sino que concretamente somos todos. De alguna manera Nietzsche rompe el chivo expiatorio encarnado en el pueblo judío, desbaratando el antiesemitismo cristiano. No fueron exclusivamente los hijos de Abrahán a dar muerte a Dios, sino que han sido todos aquellos que han creído en el ideario burgués que apuesta a la victoria del progreso ilimitado con todas sus fuerzas de exclusión.
Nietzsche proclama una visión de divinidad que discrepa con el Dios de Jesús, del Dios a favor de los pobres y cercano a los excluidos, se va de puntas con el Dios predicado por San Pablo, contra el crucificado que corre la suerte de los desvalidos hasta entregar la vida y la sangre. Pero si miramos con atención no le da duro a Dios sino a las narraciones que se han hecho de Dios. En su "Anticristo" Nietzsche deja asomar una visión de Dios que basa su poderío en las fuerzas básicas de la naturaleza y arremete contra toda desnaturalización de lo humano. Más que anticristo, Nietzsche es un antipaulo, él busca creer en un Dios que se mueva, que baile, que no esté estático o muerto. El filósofo del martillo constata que Dios está muerto, pero lo constata por que siente su descomposición, su hedor lo perturba. Pero ¿dónde es que acontece tal descomposición? Ciertamente que no en los cielos, ni en las iglesias, sino en el cuerpo de los que sufren la caducidad de ser finitos, los enfermos, los andrajosos, los torturados o los excluidos. En fin, todos aquellos que son el corazón y la riqueza de la iglesia de Jesús, y que no siempre están presentes en ella como institución. De alguna manera Nietzsche es el profeta de la religión de los tiempos de mercado, esa que oculta y despiadadamente barre con la escoria social, incomodándose por su existencia, porque como el filósofo, el libremercado sólo tiene ojos para los vencedores.
3. Muertecito en el arrollo
Pero bueno, no podemos ir tan lejos, darle a Nietzsche una responsabilidad en el ideario económico de nuestros nuevos tiempos tan iguales a los que fueron podría ser mucho. Pero nos deja la inquietud y el desafío de hacer que Dios muera definitivamente, de manera que Prometeo se deshaga de sus cadenas y se mande a cambiar donde quiera. Pero para que esto suceda, deben necesariamente desaparecer aquellos que insisten en mantener el cadáver de Dios insepulto. Esos que creen que la universalidad de lo humano se basa en leyes metafísicas abstractas que escapan de lo real, los que mantienen una moral disgregada de la vida y nos entregan al nihilismo más placentero. Pero también se deben hacer desaparecer los que sostienen la dignidad de los pobres, los que tratan de hacer propuestas de sentido significativas para superar el nihilismo: "¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos la tierra de su sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No nos caemos continuamente? ¿Hacia delante, hacia atrás, hacia los lados, hacia todas partes? ¿Acaso hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del espacio vació?". En fin hacernos cargo de la nada en que hemos venido a desfondar inevitablemente.
Como nos pasa con Maquiavello, cuando vemos a un dictador inescrupuloso, nos pasa con el actuar del neoliberalismo y nos da por pensar que es de un corte nietzscheano muy profundo, ya que no niega la existencia de Dios, sino que trata amablemente de volverla un instrumento de consumo. No la niega pero la suplanta con una dimensión de nada centrada en la fuerza del poder económico y los alcances (des)reguladores del mercado. Y por eso el cadáver de Dios le incomoda porque sigue haciendo de horizonte de valor y juicio ante tantas injusticias que se cometen contra los pequeños de la tierra. Y así, tratando de deshacerse del cuerpo de ‘don Goyo’, se viene una escalada de muertes en cadena: el humanismo, la utopía, las grandes narraciones, la solidaridad y el hombre, dando paso a la tecnocracia, a la competición, a los economicismos reductivos, a las quimeras consumistas, la acumulación, el pragmatismo, el individuo, para dar paso al nacimiento del consumidor.
Nietzsche coloca su esperanza en la muerte de Dios, desde donde un ser humano se levanta victorioso, pero que de victoria es la deshumanización y de humano casi nada. Pero Nietzsche efectivamente marca el derrotero que ha de seguir el neoliberalismo al plantear la aniquilación de los perdedores, apareciendo como el filósofo de la exclusión. Pero siempre hay una duda: no vaya a ser que Dostoiesvki tuviera razón en el idiota: si Dios no existe, Todo está permitido y el Neoliberalismo lo sepa. Y aunque el cadáver de Dios permanece molestando en su descomposición Nietzsche nos invita a darnos cuenta de lo que hemos hecho: "Vengo demasiado pronto -dijo entonces-, todavía no ha llegado mi tiempo. Este enorme suceso todavía está en camino y no ha llegado hasta los oídos de los hombres. El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de los astros necesita tiempo, los actos necesitan tiempo, incluso después de realizados, a fin de ser vistos y oídos. Este acto está todavía más lejos de ellos que las más lejanas estrellas y, sin embargo son ellos los que lo han cometido".