"Después de eso Oliveira se sentía más capaz de luchar contra sus prejuicios bibliotecarios, y paradójicamente la Maga se rebelaba contra su desprecio hacia los conocimientos escolares. Así andaban, Punch and Judy, atrayéndose y rechazándose como hace falta si no se quiere que el amor termine en cromo o en romanza sin palabras. Pero el amor, esa palabra..."
(Julio Cortázar, Rayuela Capítulo 6)
Para Nennè.
1. "El amor esa palabra"
Escribir o hablar del amor es siempre emprender un discurso en primera persona por las tortuosas y no siempre claras rutas de la experiencia. No se puede hacer un discurso académico sobre el amor y menos una teoría medianamente satisfactoria, ya que el misterio del amar es una cosa que nace, yace y muere en el sujeto que la experimenta. El amor, como la muerte, aparece en las experiencias límites del sentido de la existencia humana. Roland Barthes, en su ya famoso "Fragmentos de un discurso amoroso", apunta a la médula del problema: del amor no se puede hablar a partir de ciertos autores que conocen y dominan el tema, sino que a través de ciertas experiencias hechas por personajes que, enamorándose como piojos, 'ya no sabían dónde ponían el culo'. Cuando hablamos del amor hablamos con el corazón en una mano y con el hígado en otra. Enunciamos sentimientos inmensos y nobles, al tiempo de jugarse entre pasiones no siempre tan nobles. El amor es un punto de entrada a lo humano, aunque ciertamente no garantice una salida fácil y posible.
Hablar del amor, o mejor hablar de amor, posee una dimensión de incomodidad porque significa desvelarse, mostrarse ante los ojos de los otros, un ponerse desnudo y desvalido a partir de lo que se es en realidad. Es contar abiertamente las cosas que se hacen, se sienten o se piensan por amor a un otro. Desde los celos hasta la indiferencia, desde las apasionadas e insulsas cartas de amor o los nombres que en la intimidad se dan los amantes para poseerse. Es decir, exponer al ridículo lo más sagrado e íntimo que poseemos. Uno se siente algo incómodo cuando por casualidad el tiempo le trae alguna cartita de amor escrita para alguien ya convenientemente olvidado, algún poemita para alguna amada perdida en el tiempo o algún pensamiento que en medio de la pasión cayó sobre el papel quedándose allí detenido, para enrostrarnos las cosas que olvidamos o los desastres a los cuales sobrevivimos. Lo interesante es que, a través del amor, el amor habla por los sujetos y cada experiencia particular adquiere dimensiones insospechadas, porque cada uno, mal o bien, ha vivido la experiencia del amor. Aunque siempre nos quede la pregunta de sabor calamaresco "¿de qué hablamos cuando hablamos cuando hablamos de amor?".
Y esa experiencia significa llegar a topar los límites del estar vivo, el creer de morir sin otro concreto, sentir que el mundo se cae a pedazos sobre uno o que todo es tan bello que no podrá terminar nunca, aunque la experiencia de finitud insista majaderamente en lo contrario. Cuando uno está enamorado da lo mismo ser el Werther que Don Juan, Teresa de Ávila o Charles Bukowski, Red Buttler que Condorito. Y sólo cuando se ha amado, uno puede articular un discurso amoroso que nos da un rostro concreto para dar testimonio de lo que se ha vivido, de aquello que se ha padecido y de cómo se ha sobrevivido a las cosas que, dándole algún dolor, le han ayudado a crecer, a pesar de haber sufrido patagüinamente. Y por eso un film, una teleserie, alguna novela (rosa o de tomo y lomo) nos devuelven a esos lugares comunes, tan poco comunes, en donde el corazón habla como una cicatriz que atraviesa toda la epidermis, como una huella en donde hay tanto de bien y tanto de mal, que duele de recordársela, que alegra y estremece, que sin duda hace de horizonte existencial, mostrando aquello que en realidad somos y que escondemos por pudor.
2. El amor es casi tan fuerte como la muerte
Sin duda alguna el amor es uno de los sentimientos más poderosos que experimentamos en nuestro quehacer humano. Es embriaguez, es lucido desconcierto o locura desatada. Su presencia está atestiguada en todas las narraciones en que el hombre trata de dar cuenta de su mundo, armándose como una suerte de correlato a la finitud, una suerte de epifanía de la eternidad, una esperanza cierta e insuperable. Como realidad posee tal densidad en el ideario humano que puede mover a cosas contradictorias e inesperadas, al tiempo de poseer una fragilidad capaz de la fragmentación total en la disolución de toda expectativa. Si bien el amor corre a contramuerte, lleva en sí, de manera integrada, una carga de muerte tan potente como la carga de vida. Esa carga es la que intensifica todas las relaciones humanas, llamándolas hacia una plenitud siempre mayor o a una disolución frenética y devastante. Quien ama vive intensamente, porque siente que en los velos de su existencia la presencia ineludible de la muerte. Cuando el amor hace su aparición trasparenta a la muerte como una barrera franqueable, posible y presente. No la reduce a una dimensión inexistente dentro de la contingencia humana, sino que, de un modo muy sutil y delicado, la dimensiona como un paso de lo humano, algo que nos acecha, que no es un fin definitivo, sino más bien, un estadio humano real y viable.
El amor se manifiesta como una provocación a la muerte. Nos hace creer que podemos trascender a la impotencia de lo que se acaba, y la tristeza que de ello nos viene, por medio de una potencia que puede dominar y liberar, poseer y desposeer, entregar y recoger, sanar y maltratar, en fin, una fuerza profundamente desbordante en quien la experimenta. Tal vez, por un exceso de ingenuidad, hemos querido creer que el amor se caracteriza de una bondad dulzona y un poco pajarona, cuando en realidad hablamos de una de las energías integradoras, y paradójicamente, al mismo tiempo de una de las fuerzas más destructivas de la experiencia humana. Oscar Hann en su poema "escrito con tiza" nos advierte una de las realidades del amor que hemos experimentado sólo al enamorarnos perdidamente: 'siempre detrás de un gran amor la nada acecha'. Quien se enamora experimenta en carne propia y en la totalidad de su existencia una fuerza devastadora de destrucción. La nada está detrás de cada uno de sus pasos vacilantes. Quien experimenta el amor no resta el mismo, sino que se abre hacia otro, por medio de laberintos y noches oscuras, a tientas, por el miedo y la esperanza o por el hecho de descubrirse en sí mismo como un otro, atraviesa la nada y le sobrevive. Los amores correspondidos, los desgraciados o los no correspondidos llevan en su carne las marcas de la nada, como una extensa sonrisa de la muerte tatuada en su espalda. De allí venimos y para allá vamos.
Y por amor desafiamos la nada, las convenciones, los acuerdos sociales, las diferencias y nos entregamos serena o desesperadamente a nuestras pasiones, nos perdemos y nos encontramos, experimentamos sentimientos sublimes como la oblación y la entrega por otro o sentimientos de inseguridad como los celos, la desesperanza o el deseo de muerte. No se trata solo de un tropos literario o cinematográfico, sino que se trata de la conjunción meridiana de lo que nos ha hecho ser lo que somos en el tiempo. Todo venido del amor que nos parece -como dice el cantar de los cantares- casi tan fuerte como la muerte. En el amor no encontramos una negación de la muerte, sino que una integración de una realidad que nos invade en toda su dimensión. Tampoco una superación sino que una curiosa vuelta a la paridad con los fenómenos humanos que hemos ido alejando, extrañando o desnaturalizando, como si el amor fuera un momento separado de la vida, una suerte de apéndice que se inflama y que debemos extirpar urgentemente. El amor y la muerte son dos puntas de la misma cuerda que sostiene al hombre en el vacío de su existencia. Por eso hablamos de morir de amor, de amores que matan e incluso de matar por amor.
3. Es tan corto el amor y tan conveniente el olvido
Curiosamente el amor, siendo una de las potencias humanas más poderosa y aparentemente persistentes, goza de una fama de brevedad. No se trata de medir su intensidad, ya que siempre carga con notas de atemporalidad y de simultaneidad, sino que espacialmente significa momentos breves de la existencia que son capaces de abordar toda la duración cronológica de la experiencia y darle sentido. El amor es corto, muchas veces estrecho y angosto, intenso y desbocante, pero pareciera ser que su naturaleza más intima es de una brevedad que exige de un proyecto, de un contrato, de acuerdos para hacerlo sobrevivir en el tiempo. Las historias de amor que hemos vivido muchas veces parecen mosaicos de pequeños fragmentos, unidos a las pérdidas, ensamblados en la magia y el espanto, siempre eso si marcados por una lucida brevedad capaz de cambiar nuestra vida. Quien no se ha enamorado no sabe de las delicias del encontrarse en otro, de las dificultades de estar con otro y de los desafíos de permanecer con otro. Al enamorado la vida se le escapa y hace una experiencia cosmogónica de desnacimientos y nacimientos múltiples. Vicente Huidobro señalaba lucidamente que 'no hay amor ilegítimo' por eso despunta donde no se espera, donde no debía, donde no debería de aparecer. De algún modo, es una experiencia que nos hace advertir la debilidad de nuestro modo de ser en el mundo, como una traición a nuestras seguridades inamovibles y un entrar a la intemperie más bellamente despiadada.
El olvido, en un término de cuño nerudiano, es la parte larga del amor, es la contra-intensidad, es el intento por continuar vivo luego de haber experimentado un desborde de vida y el haber visto a la muerte como un bordado excepcional en la comisura de nuestra rutina. Es como si el amor, sin intentar el olvido, no luciera. No se trata solo de amores desgraciados o inconclusos, sino que se trata de la dimensión del nuevo rostro que el amor vivido adquiere cada día; el perdón, la reconciliación o la ruptura. El olvido no es amnesia, sino que una dimensión serena y dulce del recordar sin apasionarse, sin revivir los dolores y de hacer como si nunca hubiera sido, aunque en el fondo tengamos una cicatriz. Es un contarse para atrás como en un film que, pudiendo destruirme nuevamente, me da la libertad de representarme en lo que he sido. Olvidar es apaciguarse, recordar para recuperarse y por sobre todo perdonarse a partir de los propios límites. Es lavar el corazón y tenderlo en el cable de la ropa para que gotee sus cansancios y penas para, que una vez asoleado y planchado, ponerlo en la cotidianeidad a batir su marcha, a buscar y a encontrar entre sístole y diástole lo que le anda faltando. Conviene olvidar, para dar paso a la ingenuidad y la inocencia, para amar cada vez como si fuera la primera y la última, descubriendo que del amor siempre se puede hacer una nueva experiencia. Conviene olvidar para comenzar de nuevo, sabiendo lo que pudiera venir, lo que ha de ser o lo que pudiéramos encontrar al final de la experiencia.
Decir te amo, hablar de amor, hacer un discurso acerca del amor es la única manera coherente de rescatar la separación entre teoría y práctica, entre belleza y verdad o entre las narraciones literarias y el orgulloso saber científico, entre el mundo y el hombre, entre macho y hembra, femenino y masculino, hombre y mujer. Es abrir una ventana hacia lo otro desde su forma más tremenda y realista, divertida y fascinante, triste y conmovedora, en donde nadie puede guardar silencio, ya que todos saben tanto de algo que al parecer todavía sabemos tan poco. Hablar del amor es recuperar el encantamiento y la desilusión, hacer cuentas con esperanzas pasadas de fechas, con ilusiones que se perdieron en el tiempo, es sentarse en la estación de ferrocarriles y preguntarse a qué hora se nos pasó el tren, junto con la Penélope serratiana que aún espera -la muy gansa- a que los sauces pierdan las hojas. Es darse cuenta de que todos poseen verdaderamente una palabra acerca de la vida que funciona como llave en las cerraduras que custodian el secreto de lo humano siempre mayor. Amar es lo mismo que medirse el plexo en una cruz, que extender los brazos para abrazar lo amado, lo mismo que dar vida y darse a la vida, lo mismo que dejar en libertad y prenderse la libertad en un dejo. Y mientras escribía esta laberíntica reflexión se me venía en cada palabra a la mente mi amor, concreto, breve, fragmentario, pasional, ahistórico, temporal y desposeído, que a pesar del tiempo me salva de las 'pelotudeces ilustradas' con que tratamos de imponer nuestras vidas, explicar nuestros desaciertos y engrandecer nuestros logros. Mi amor que es novedad, que es sufrimiento, martirio, miedo, indecisión y renovación, que también es lo que me sostiene y limita. Y mientras trato de hablar de mi amor, termino siempre quedándome al final con esa preciosa sonrisa de la mujer más bella que he visto, que a pesar del tiempo es aún capaz de hacer florecer esas viejas heridas al sol, de sanarlas y volverlas semillas para otros campos, aunque sea gracias al olvido, a la distancia, al dolor y a un discurso amoroso que no siempre vivo en mis actividades cotidianas.