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Tito Fernández Cubillos

Fotografía Tito Fernández CubillosAdiós Karol Papa Wojtyła!

Domingo, 3 de Abril de 2005
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"Quedéme y olbidéme /el rostro recliné sobre el amado; /cessó todo, y dexéme /dexando mi cuydado /entre las açucenas olbidado"
(San Juan de la Cruz, En una noche oscura)

1. Se nos ha muerto un Papa...

Ayer en la noche, en un sábado de primavera, en la plaza San Pedro en el Vaticano, miles de fieles acompañaron por dos días al Papa en su agonía. Ese gran viajero, que se preparaba para el último viaje, el definitivo, el que lo llevaría a encontrarse con Jesucristo, aquél a quién ha anunciado incansablemente en un pontificado largo, que ha visto como el siglo XX cambiaba su fisonomía y se adentraba en los tiempos posmodernos de capitalismo tardío. El Papa que se mantuvo siempre cerca de los jóvenes y los desvalidos, el que ha formó más de alguna turbulencia en el ámbito político, social e intraeclesial. El Papa Polaco, de apellido impronunciable, Juan Pablo II, el Papa enfermo, luego de un calvario duro, que no dejó a nadie indiferente, el Papa porfiado que quería estar hasta las últimas como un servidor del amor, ha muerto.

Cuando faltaba poco para las diez, con las campanas de la basílica de San Pedro repicando en un ritmo fúnebre, la masa de fieles, jóvenes mayoritariamente, suspendieron el rezo del rosario para acoger la noticia del encuentro del Papa con la hermana muerte. La muerte, esa enemiga natural y distante que viene puntualmente a mostrarnos la verdad de la vida, ha tomado al Papa como un puente que lo ha llevado a ver con sus ojos ese amor que ha vivido profundamente en sus 80 y algo años de vida. Ojos con lágrimas, un sentimiento profundo de pesar, personas de todo el mundo que veían en Karol, no sólo el Papa, sucesor de Pedro, sino una imagen paterna, la cercanía de Dios, un hombre comprometido con la vida, un acompañante en el camino de la vía. Después en Italia nos comenzamos a mamar la avalancha de discursos: escuchamos al Presidente Ciampi, al Premier Berlusconi y su socio Busch -a quien poco le importó la oposición Vaticana a la invasión de Irak por sus tropas buscando las armas de destrucción masiva que no encontraron en ningún lugar- la televisión con su típico pomposo ritual para la ocasión, con sus locutores con tonos de voces de ontológicos pelotudos solemnes, con sus caras de pronóstico reservado, desencadenando la memoria visual de un Papa que ha sido tremendamente multimedial, que ha metido el dedo en la llaga, que ha hecho pesar el valor de la paz con su vida.  Los media saben como vender una noticia, incluso nuestra criolla y desinformante Últimas Noticias, que le da una tregua a los volúmenes de la Luciana Salazar, o al gilaje de la Granja,  para hablar de un hombre consecuente, que ha detenido el ritmo del orbe en dos días. El mundo entero se ha centrado en el fin del pontificado de Papa Juan Pablo, la medios de comunicación de todos los países cubren el evento desde Canal 13 y la BBC hasta AL JAZEERA. De no creer. Un Papa que se la jugó por la unión de los cristianos, por el diálogo con otras religiones, por la pluralidad y el respeto, recibió la compañía de todas las comunidades cristianas al momento de su tránsito hacia la muerte, lo acompañaron los Musulmanes, los Judíos, los Hinduistas e incluso los no creyentes, con su meditación, su plegaria o el silencio respetuoso como signo de compañía.

Los que estuvimos en la plaza pudimos percibir el dolor de la gente sencilla, de las religiosas y religiosos, de los jóvenes, del pueblo creyente. Particularmente llamaba la atención de los grupos que estaban en la plaza, gente de Roma, peregrinos que venían de todo el mundo, que en silencio, con los ojos vidriosos, con una velita en las manos, saludaban con un adiós agradecido al Papa Wojtyła.

2. El Papa que llevó una bocanada de aire fresco a Chile

Haciendo memoria del Papa, para los chilenos generacionales, seguramente nos quedará impresa su visita como una gran bocanada de aire, en el asfixiante gris perla de los uniformes de la represión del gobierno de seguridad nacional de Augusto Pinochet. (Léase dictadura). Fueron días increíbles, de una libertad no vista en Chile después del advenimiento de la Junta y de una alegría que no habíamos experimentado como pueblo desde los frágiles sueños de igualdad y participación que se habían roto con el fracaso de la democracia bajo los toques de queda, las persecuciones y la democracia tutelada que hemos aprendido a tolerar a vivir. Eran días de abril de 1987, en que la gente salió a la calle a saludar al Papa, llenó estadios, explanadas, cantó y manifestó su religiosidad profunda y militante. Hicimos "bolita" y nos dimos una tregua para recordarnos que la vida pasaba por afuera de las amenazas, de la guerra interna, de la CNI o la DINA. Fue un instante de tregua en donde recordamos la belleza de autodeterminarse y no tener miedo, un anuncio de que la verdad nos hace libres, un recordatorio que la justicia es una voluntad que se pone en práctica aunque cueste caro. Nos jugamos el anticipo de un sueño, eso que todavía esperamos de algún modo.
 
Fue uno de los matutinos romanos donde encontré, esta mañana, una foto que me hizo recordar esos días en que vivimos con el Papa la esperanza de un Chile sin milicos, sin desaparecidos, sin tortura, sin violencia institucional. La famosa foto en el balcón de la moneda, esa que no estaba prevista, esa del mensajero de la vida junto al mensajero de la muerte, como ironizamos más tarde. Y se me vienen a la boca las consignas que gritamos, los graffiti con que llenamos las paredes cercanas al Pedagógico o al Blas Cañas: Papa Hermano, llévate al Tirano, Papa, Wojtyła, llévate al Gorila...  Sin poder ocultar mi emoción recuerdo la taza de té que se tomó con la gente de la Bandera, en días de cesantía, de PEM, de POJH, el abrazo sentido que le dio a cada jóven, a cada mujer, a cada obrero que trató de contarle lo que se vivía en ese Chile que nos parece una pesadilla de un sueño pesado, o parte de un cuento de la Isabel Allende o de un país lejano que se murío con Gladys Marín, hace unas semanas atrás. Pero es innegable que, su visita fue un pretexto para soñar esa primavera para un País sumido en un cruel invierno.

La vida una vez más era más que la muerte. Me recuerdo particularmente de mi Abuelita María, que salió a mirar la pasada del Papa, de camino a la emblemática Población La Bandera, por la calle Américo Vespucio: bastaron unos segundos para emocionarla, hacerla sentir que la bondad era una vía posible y renovarle el deseo de vivir en la fe los últimos años de su vida. Recuerdo claramente a tantas mujeres y hombres sencillos con sus ojos emocionados, con sus pañuelos blancos que saludaban al mensajero de la vida. Creo que fue la primera vez que me acerqué a un Carabinero sin miedo, y lo sentí persona y no como un paco re...  Como Pueblo nos recordaremos de la beatificación de Teresita de los Andes, en medio de un confuso enfrentamiento en el parque O'higgins, en donde el Papa nos recordó con voz fuerte y clara: el amor es más fuerte. Y eso fue lo que creyó hasta el día de su muerte, casualmente en las vísperas de la domenica in albis, el domingo de la divina misericordia, dimensión amada y vivida por Papa Karol.

3. Un hombre para recordar

Entre las profecías de San Malaquías -que quien sabe de a crestas dónde lo sacaron- las elásticas y siempre rentables visiones de Nostradamus, las expectativas del Cónclave que se adviene, los preparativos de los funerales y las especulaciones de improbables sucesores Karol Wojtyła, el hombre que vivió la guerra, el nazismo y el dominio comunista soviético de su Polonia, el filósofo humanista, el actor y poeta, el obispo polaco que se convirtió en el carismático obispo de Roma se ha encontrado con el destino del hombre: la muerte. Sus últimos años de vida fue una piedra de contradicción fuerte y tozuda, quería morir con la estola puesta, mostrarse capaz de llevar con dignidad la enfermedad, más allá de todo límite y de toda prudencia evasiva. Tal vez buscaba hacer las pases con el dolor -camino de santidad- y abuenarnos con la muerte, dupla que no nos agrada y que nos aterra. Se midió con el dolor, se entregó a un calvario cuesta arriba y murió serenamente pidiendo que sus cercanos no lo lloraran.

Fue un Papa que dio una batalla frontal contra el comunismo, apuntaló la apertura del oeste a los brazos del capitalismo, le dio un empujoncito al muro, fue un patriota polaco buscando la independencia de su sufrido y vapuleado país. Cargó con una etiqueta de anticomunista, aunque también le dio bastonadas al capitalismo desenfrenado, en su pontificado se le dio duro a las teologías latinoamericanas y del tercer mundo, siendo para muchos una piedra de tope al Vaticano II... Juzgado por llevar una línea conservadora en temas de doctrina social y moral, aunque siempre su posición fue fuerte y clara a favor de la vida.  Algunos con cierta mala leche le recordarán junto a Ratzinger y a Sodano como parte de la línea dura de la Iglesia... ciertamente una figura polémica, de un pontificado que hasta poco antes de morir suscitaba controversia, que el teólogo Hans Küng definió como un fracaso, que los sectores más conservadores de las líneas cercanas del Opus Dei, Comunión y Liberación, lo han vivido como una muestra de retorno al triunfalismo católico, pero, que en fin, el mundo fiel recordará como un anuncio sin tregua de la misericordia de un Dios que quiere que todos, sin excepción, se salven, que vivan en la paz y el amor.

Y va a ser gracioso, casi irónico, ver en los funerales pontificios junto a tantos fieles que lo sienten verdadera y profundamente, a gente como el presidente de Israel, que no lo oyó cuando pidió el cese de los malos tratos a los Palestinos ni cuando abogó por detener la construcción del nuevo muro de la vergüenza, o de Bush, Blair y Berlusconi, que tampoco lo quisieron escuchar cuando trató de hacer ver la tontera de las guerras preventivas... tal vez sea un signo de misericordia, uno lleno del sentido lúdico y juguetón del Obispo de Roma, que como todas las cosas de Dios se rigen por otra lógica, la de poner víctimas y victimarios frente a frente para reconciliarlos en la justicia, en intento por traer la paz al mundo, incluso después de muerto.

Roma, 3 de abril de 2005.

Autor: Tito Fernández Cubillos

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