1. En un lugar de la casa de cuyo nombre no quiero acordarme...
Pareciera ser que en los espacios cotidianos en donde efectuamos el ritual de la lectura, el comedor, el living, las salitas de estar poseen una importancia de representación simbólica y de narración bastante documentada, ya sea en la literatura como en la conversación coloquial, pero del espacio habitacional dedicado al baño, y en consecuencia de lo que allí ocurre, sencillamente no se habla.
Sabemos, por experiencia propia, que en el baño es donde se experimenta un tiempo particular de lectura, pero "mejor no hablar de ciertas cosas". Nos quejamos de que leemos poco, tal vez porque en el dormitorio y en las salas comunes de la casa hemos instalado la televisión o la computadora, y con ellos hemos iniciado el proceso del fin de la intimidad y de la posibilidad de reflexión silenciosa. Pero sin duda alguna que el último lugar, el bastión más resistente, para la tranquilidad y la intimidad del hombre contemporáneo se constituye en el baño, en esos breves lapsos de detención que significa visitar, sentarse y tener un tiempo en donde aislarse de manera segura del mundo.
Si bien, como tiempo, el ir al baño es de menor cantidad respecto a otras actividades humanas, es sin duda una de las pocas actividades de calidad e intensidad que se desarrollan en la vida humana. En la vida familiar, donde la narración se organiza sabrosamente en pequeñas discusiones, guerrillas informales, litigios territoriales de control o de dominio, tensiones y distensiones, reencuentros, placeres cotidianos, pacificaciones permanentes y transitorias, bombardeos estratégicos, batallas por el telecomando, planificaciones para el pago de cuentas, sábados sin fiebre por la noche y domingos lateros, el ir al baño -cuestión fisiológica- adquiere dimensión de 'espacio meditativo' en donde, junto con 'hacer aquello que se debe hacer', se fuma, se piensa y se lee. Hablamos de uno de los espacios más importantes de la cultura occidental. Encontramos que hay varias formas de ir al baño a leer (o pensar): de 'modo sofisticado' (algunos llenan el baño de velitas y se dan un baño de tina), un 'modo corriente' (la mayoría de los mortales se lleva un suplemento, un diario o una revista para estudiarla detenidamente) un 'modo casi espiritual' (hay gente que sólo se sienta a pensar tranquilamente o se dan su tiempo para leer -hasta que se agarrotan los músculos-) y original (se pueden llevar instrumentos musicales, libros de filosofía oriental o el best seller de moda) todo un espacio humano, común pero del cual sencillamente no se habla. A pesar de su frecuencia no se dice nada serio al respecto. En fin, podemos decir que en el 'water' se desarrolla una intensa actividad intelectual.
El baño constituye un espacio tabú, se le menta en bromas, o simplemente se le alude eufémicamente como 'las casitas'. El fallecido Roberto Matta, en sus célebres entrevistas dadas a Eduardo Carrasco, lo hace notar: hablar del baño, pareciera ser de mala educación, "cuando te llaman por teléfono y estás en el baño decimos 'no puede atender porque está ocupado', en vez de decir 'no puede venir porque está haciendo caca'". Algo natural nos parece innoble, de mal gusto, que escapa a nuestras categorías metafísicas (cuesta creer que eso que uno hace en el baño lo haya hecho uno, aunque nos baje cierto orgullo de haberlo hecho) pero paradojalmente es algo que hacemos frecuentemente y que nos gusta.
2. El baño como espacio de lectura:
Ir al baño resulta una suerte de extrañamiento de nuestra vida cotidiana, es decir, nos produce un estado de conciencia contingente de nosotros mismos, de nuestro cuerpo y un punto de contacto profundo con ese 'yo' que se pierde en la actividad y el devenir cotidiano, en donde aparentemente con cierta distracción dedicamos un tiempo a la lectura o a la reflexión. No es casual que nos refiramos a este hecho como "sentarnos en el trono" ya que estamos sintetizando una experiencia de dominio de sí mismo, en donde -no sin cierta dificultad o con satisfacción absoluta- nos encontramos de lleno con nosotros mismos. Es increíble pero, ir al baño, defecar particularmente, está cargado de una semántica que alude al estar con y en uno mismo. Lo demuestra el hecho que en momentos de rabia o de choreza, nos asoma este sentimiento de dominio sobre sí y sobre el mundo, cuando decimos que nos cagamos sobre esto o aquello que nos molesta o nos parece que no está realmente a nuestra altura.
El baño como espacio se constituye como el lugar de serenidad y concentración. Una suerte de retiro diario, de premiación para ciertos géneros literarios -una suerte de Pullitzer o de Nóbel popular-. La lectura de un autor, un diario o revista en particular se hace en el baño, porque solo allí se encuentra un espacio de serenidad y concentración necesarios para profundizar en cosas que en otros espacios no alcanzan a ser enfrentadas. Los escritores difíciles, que requieren empeño o simplemente aburren poseen su espacio en la oficina, en el living, o en la biblioteca, un columnista de opinión, previsible -siempre por cierto- puede acompañar a la cama a la hora de la siesta o en la noche como aliciente somnífero necesario para conciliar el sueño. En cambio al baño se llega sólo con los mejores, los más divertidos y los que entregan mejor y mayor información de manera breve. Donde una vez perdida la solemnidad del leer, aparece el espacio del placer. En este caso los diarios –especialmente los de distribución gratuita- son los privilegiados en las opciones de lectura "troniles".
Cuando en casa queremos darle una miradita rápida al Mercurio o a la Tercera, esperamos a un descuido familiar y lo usamos de excusa para encerrarnos en el baño, donde muchas veces, a causa de sus contenidos, nos den unas ganas irrefrenables de utilizarlos como alternativos al papel higiénico y como soberana manifestación de lo que valen ciertas opiniones oficiales u oficialistas de los sectores dominantes del país. Y son verdaderamente útiles para secar el piso, espantar las moscas en los baños de cajón, o dejarlos abandonados allí a propósito. Sólo en el baño se les aborda de manera tranquila, con tiempo, profundidad y conciencia suficiente para tomar distancia y posición ante lo que se lee. Pero siempre es un tiempo limitado, ya que si no te urgen las tareas de la rutina cotidiana, alguien comienza a buscarte so-pretexto de ausencia o por preocupación por tu salud inmediata. Pero es innegable que en ese lugar, bajo los pocos minutos concedidos por el destino, las obligaciones y el intestino, se realiza un ritual de información entretenida. Cuántas reflexiones, cuántas fantasías, proyectos o planes, cuántas conclusiones acerca de la verdad de la vida y la existencia encuentran buen puerto allí en donde 'hacen fuerza los débiles y llora hasta el más valiente'.
3. Un placer culpable
En nuestra cultura la lectura de baño viene ocultada, es algo que no se habla, no se menciona y por fin simplemente se ignora, como si constituyeran una culpa común, una suerte de pecado original de registro frecuente. Un poco porque en las nuevas ideas de construcción inmobiliaria el baño viene cada vez más reducido y presentado como un lugar inevitable, estrecho y funcional. O porque se articula en los espacios cotidianos como aquél último refugio de la intimidad y el estar en sí, para sí cual bóveda de la contemplación, el reencuentro con la calma, momento de quiebre entre los tiempos de la existencia cotidiana, cada vez más fragmentarios y breves en la existencia. Por eso se hace necesario hacer justicia arquitectónica a ese espacio imprescindible de las casas.
De manera velada y escondida, las lecturas de baño constituyen un verdadero género literario capaz de organizar por sí sólo una biblioteca "universal" del saber total, porque para el baño son buenos los Comics, diarios y sus distintos suplementos, libros ilustrados, diccionarios y atlas de pensamiento, geográficos, almanaques, obras que pueden ser consultadas de manera breve y eficaz, capaces de ofrecer en cada ocasión placer, entretención y por sobre todo información. Es curioso que muchos temas que en otros espacios de lectura se caracterizan como nimios y banales, en la lectura de baño adquieran una dimensión de conocimiento útil: así las actividades del verano, aspectos biográficos de alguien, el producto interno de Andorra, una receta típica chilena, el año de nacimiento de Bono Vox, Frank Sinatra o la Scarlett Johansson, los problemas del corazón de la modelo de moda, el número de votantes de la Florida, los índices de alcoholismo de la VIII región, las actividades de la realeza de Mónaco, algún libro de poesía que nos han regalado para el último cumpleaños, consejos para tener sano el cabello largo, los comentarios cinematográficos, etc.... nos formulan en términos de la cultura 'pop' un bagaje aceptable para un hombre informado. malintencionado en nuestras conciencias.
Así, sólo detrás de una puerta cerrada a llave o pestillo, se articulan complejos procesos de conocimiento alternativo y de utilidad casi permanente. Y es tremendamente cierto que aquello que se lee en baño, habla de quien lo lee, casi como las fotografías colgadas en las paredes del living, o las bibliotecas que adornan pretenciosamente las salitas de estar o las piezas de la casa. Nuestro querido 'water' termina articulándose como una sencilla arma capaz de desarmar los más sofisticados ambientes simbólicos de una casa, dando un espacio a la curiosidad, muchas veces postergada de todos los otros espacios habitables... y así, medio distraídos -y algo culpables- continuamos a llevarnos al baño el de Mujer a Mujer, Casa y decoración, Literatura y libros, o el suplemento deportivo, la revista Caras o las Últimas Noticias, con un tremendo dejo de desliz inevitable, allí donde nos sentimos íntimamente seguros, gozosos por lo que se hace y entretenidos en lo que se lee.