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Tito Fernández Cubillos

Fotografía Tito Fernández CubillosEl corazón del luto está hecho de esperanza

Viernes, 15 de Octubre de 2004
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1. Por un puñado de fotos

Desde que volví a experimentar el sereno desastre que significa retornar al trabajo después de las vacaciones en la casa materno-paterna, mientras ordenaba mi escritorio distraídamente, me quedé pegado en las fotografías que hice de mis sobrinos de 6 años: Daniel, Vicente y de la Laurita de poco más de un mes de vida, en el invernal y siempre acogedor Tomé. Navegando entre la nostalgia (ese dolorcito agudo del lugar de uno, que Ulises recostado en la proa de su barca sentía por su siempre distante Itaca) y el gozo de ver esas gentecitas que se van expandiendo y desarrollando en la vida (crestas como va rápido el tiempo), se me vinieron a la cabeza el recuerdo de las fotos de lo sucedido hace no mucho en Beslan, genéricamente Rusia, ciertamente nada gozosas.  Antes de esas fotos, de ese atentado terrorista en una escuela, en un primer y horroroso primer día de clases (aunque sospecho que siempre un primer día de escuela es algo horroroso e indescriptible) en una ciudad del ex-mundo soviético, que casi todo el mundo ignoraba y que nos trajo un escalofrío de dolor, una arcada de hastío y la sensación de que el mundo va de peor en peor. Beslan se volvió la nueva ratificación de que la esperanza con que cerrábamos el siglo XX, llenos de una euforia milenarista recauchada y desteñida, fue simplemente una mejoría en una resaca de un violento trasnoche, de una indeseable borrachera. Y aunque uno no quiere se pone a comparar, el desborde de felicidad de mis fotos y la dolorosa dramaticidad -necesaria para cualquier espectáculo- de esos niños medios piluchos, heridos o muertos en una ciudad de un mundo que nos resulta tan tremendamente ajeno. Beslan fue un golpe a nuestro arquetipo de bondad e inocencia, un duro golpe en medio de nuestra más límpida representación de la esperanza, tiñendo de luto toda posibilidad de narrar lo que nos ha pasado desde entonces.

Y mientras me enmarañaba en mis pensamientos me preguntaba por la experiencia de duelo, de luto, que esas madres ¿cómo se las arreglaran para vivir en medio de su dolor?, ¿Dormirán tranquilas en su tristeza o se hundirán pesadamente en la desesperanza?, ¿Cómo serán sus noches cuando van a dormir o las mañanas al empezar un nuevo día?, ¿Cómo se las arreglarán para poder trabajar, a enfrentar los pequeños desafíos cotidianos o la rutina de atender las cosas de la casa?, ¿Y de qué manera se relacionaran con sus otros hijos, si los tenían o en qué espesa soledad estarán detenidas al haber perdido un hijo único?. Pensaba en aquellas madres que no pudieron encontrar el cuerpo de su hijo y en la sensación de desventura que sume a quien pierde a alguien querido para no encontrarlo nunca más. Un desaparecido. Esas mamás que en la mañana habían preparado a sus hijos para la escuela, los habían peinado, bañado y vestido, en el ritual de la preparación para iniciar un nuevo tiempo medido por el ritmo escolástico. Esas mamás que habían preparado desayunos, habrían apurado o estimulado a sus hijos, dejándolos en lo que ellas pensaban un lugar seguro: la escuela, para no volverles a ver nunca más en vida, e incluso ni siquiera después de la muerte, cuando se constituyeron en desaparecidos, en restos irreconocibles, en una herida tremendamente profunda en nuestra memoria reciente.

2. Vivir de luto

Ese dolor de la pérdida de un ser querido lo canalizamos por medio de la experiencia del luto, que es bastante difícil en el caso de la muerte de un hijo (más aún si es violenta) . El luto por un hijo muerto puede ser un desierto oscuro por donde atraviesan y desaparecen los años. Antiguamente cuando los niños nacían muertos -cosa que sucedía con mucha frecuencia- no se los mostraban a la madre, sino que de manera respetuosa y disimulada los hacían desaparecer, bajo la convicción de que el dolor se mitigaba de esta manera. Pero siempre quedaban marcas de la tristeza, la ausencia y el dolor de haber perdido a alguien a quien no se alcanzó a conocer. Muchas veces el luto era la medida de toda una vida.

El Luto, que técnicamente es un tiempo simbólico, un tiempo ritual y existencial, se puede transformar, convertir (auque no quisiera decir 'degenerar en', pero la es la palabra que más y mejor expresa la situación) en la medida de todo tiempo, una suerte de distensión que imprime un carácter de status quo a todo el caminar de la vida. Vida que se transforma en una "herida absurda", en una suerte de espera insensata por donde descalzos pesadamente se pasean fantasmas desencarnados de la historia, en un espacio de tristeza sin tiempo. El Luto vivido como una detención en la existencia se convierte en un embarazo inútil, vacío e infinito, que genera y gesta una cadena de tristeza sin fin. Esta experiencia se acentúa mucho más cuando nos enfrentamos al hecho de que no hay un cuerpo que enterrar, una tumba para visitar y generar un referente donde encaminar los recuerdos y el dolor. Ante un Desaparecido se crea una situación de tensión entre lo que quisiéramos volviera a ser como al principio -una dolorosa esperanza (infructuosa) de verlos retornar- y el corte violento en la continuidad de la vida, generadora de fantasmas profundamente vivos en medio de una certeza férrea y trasparente: no han de volver nunca más.

Sin un cuerpo que enterrar, la compañía que nos hacemos a través de los diferentes ritos que nos hacen tomar contacto con las dimensiones arcaicas de la consolación, del contacto con la memoria y las distintas representaciones de la fe. Sin un cuerpo pierden sentido las oraciones, las velitas encendidas en medio del momento más oscuro de la existencia y de las flores, que representan paradojalmente lo permanente de la naturaleza y lo perecedero del tiempo. El Luto por un ausente -en la radicalidad de la violenta ausencia física- se torna una experiencia difícil y industriosa, del que trata de sobreponerse en el movimiento del ciclo de la vida, desde un tajo profundo y doloroso. Así, ese alguien a quien habíamos amado cotidianamente y que hemos perdido, se transforma en la dolorosa forma de un desaparecido, que sin un signo de muerte visible está muerto y se mantiene obstinadamente vivo. Y se continúa a esperarlo, haciendo referencias como si estuviera temporalmente ausente, a pensar que de un momento a otro llegará, volverá o tornará a hacer la vida que abandono, o de la que fue arrancado. El desaparecido aparece en nuestras conversaciones como si habláramos con él, como si lo pudiéramos tocar, como si viviera lentamente su muerte entre nosotros. Y de esto –aunque lo ignoremos olímpicamente- los chilenos algo sabemos como país...

3. La esperanza en el tiempo

Ciertamente, lo sabemos, que para un luto se requiere navegar por en medio de una buena dosis de tiempo para llegar a buen puerto y asumir el ferozmente sereno "ya nunca más estará entre nosotros", y dejarse llevar por la vida, alejándose del que se ha ido de una vez y para siempre. La intensidad de ésta experiencia, que subjetivamente pareciera imposible de transmitir, encuentra sus puntos de encuentro en las experiencias más cotidianas del luto, particularmente en el estadio de lo emotivo. El tiempo posterior al fin de una historia de amor que termina abruptamente, la separación de una amigo por cuestiones de trabajo o de distancia o simplemente el enojo sin causa con alguna persona amada, nos hacen entrar en sintonía con otros dolores y lutos más radicales, y de alguna manera poder "compartir" dicha experiencia. La dimensión de la desaparición de otro, sin un porqué, sin una explicación sino la constatación de una ausencia improvisa, prolongada y definitiva de raíz. De fondo nos encontramos haciendo la experiencia de un duelo sin muerto a quien enterrar, sin un funeral que nos apunte la estación terminal o el fin de una ruta. Y nos movemos entre los tormentos del por qué, del cómo, de la agitación estéril de esperar que aquel que ha desaparecido vuelva, llorando a aquel que no ha de volver, esperando contra toda esperanza. El que ha desaparecido obstinadamente aparece en cada uno de nuestros discursos, en cada uno ineludiblemente.

Este laberinto de tristeza, que todos hemos recorrido alguna vez, nos hace entrar en la triste oscuridad de las madres (las de Beslan, las de la Plaza de Mayo, las de nuestros desaparecidos y de tantos otros) que se mueven por entre conversaciones con los ausentes, de explicaciones sobre los hechos que nadie ha podido explicar, que no han sabido explicar, que no han podido explicar o que simplemente no hay mucho que explicar. Y como lo hemos experimentado nosotros en nuestra vida, lentamente las madres de Beslan, en medio del dolor se irán abriendo a la vida, buscando reinsertarse en la lucha de la vida y sus apuestas por el sentido, a las posibilidades de nuevos encuentros, aprendiendo a convivir con aquellos que sin estar están presentes. Todo como una mañana de sol, después de una tormenta, donde todo aparece como nuevo ante nuestros ojos a pesar de tener marcas innegables de un temporal reciente, que nos ha alcanzado marcando nuestra esperanza en el futuro de los que amamos y de los que no conocemos.

Roma, 15 de Octubre de 2004.

Autor: Tito Fernández Cubillos

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