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Tito Fernández Cubillos

Fotografía Tito Fernández CubillosEl "Dolce far niente"

Martes, 3 de Agosto de 2004
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(Entre la dulce inactividad y el aburrimiento feroz)

"El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento"

(Erasmo de Rotterdam)


Uno: El "dies latae"

Nada más pesado y angustiante que un domingo por la tarde. Invierno o verano, el domingo después de almuerzo se transforma en un intragable espacio en donde experimentamos un malestar inexplicable, indescriptible, aunque muy bien identificable y encarnado en el Felipito de la Mafalda y su desesperante conciencia de que el lunes se retorna a la escuela, a lo de siempre. El domingo –dies Dominae, el día del Señor- día de fiesta de la semana, en donde en vez de relajarnos y gozarnos el tiempo libre, hacemos una forzosa penitencia tratando de distraernos, sustraernos y evadirnos del aburrimiento, la lata y la angustia, rellenando el tiempo con profilaxis televisiva, literaria o musical, como si quisiéramos pensar-experimentar nuestra vida con 'guantes de goma en las palabras' para no mancharnos. Aquello que era el primer día de la semana -el séptimo es el sábado- se ha transformado en un tiempo muerto, al final de un proceso de aceleración semanal continua, tal vez lo único que nos ha dejado la modernidad como herencia, que amaina el sábado en la mañana para desencadenarse cada tarde de domingo en un aburrimiento tremendamente abstracto. De día del Señor (de ahí domingo) se ha vuelto en día de la lata (nuestro latingo). Sin pretender hacer 'una filosofía del ser' al respecto –ni mucho menos recomendar algún libro soft e insulso para matar el aburrimiento y no pensar la existencia- me atrevería a especular que ese aburrimiento abstracto, indescriptible y plenamente identificable en el estómago, es nada menos que una nota metafísica subjetiva que se extiende en el espacio que fuera del ocio contemplativo y creativo (Agustín de Hipona lo llamaría ocio santo) y que, ciertamente pese a experimentarlo, no posee relación ni parámetro de comparación con nada concreto. Nos enfrentamos a una inquietud que no tiene relación con el mañana, ni con el trabajo, con el devenir, con la dinámica del movimiento efectivista y eficaz, ni con una persona o grupo social determinado. Es una inquietud molesta que se sostiene en el presente. El simple fenómeno de esperar algo que inevitablemente llega, que se conoce y sabe cómo, cuándo y de qué modo llega inexorablemente.

Dos: Esa pesada flojerilla
 
Al decir que el aburrimiento es una nota metafísica, lo caracterizamos como un constituyente del existir de nuestros días, bajo una especie de desgano que sale desde lo más interior de nosotros mismos y que se constituye como límite de cada deseo, esperanza o comprensión de la propia vida, capaz de amortiguar cada cosa en su significado y vaciarla en su desnudez más inexplicable e inexpresable. No es sólo que se nos 'eche la yegua' en un momento de la existencia, sino más bien es la existencia misma la que se concibe echada: la infinidad de relaciones, experiencias y situaciones que nos involucran vitalmente van perdiendo su fuerza y nos emerge la fiaca, angustiante estado de no hacer nada y que, dramáticamente, no disfrutamos. Nuestra voluntad de hacer, de actuar y de determinarnos se ve repentinamente afectada en un desgano temporal y regular que contradice todas nuestras representaciones sociales basadas en el deber implacable y los espejismos de la libertad que nos orientan, ayudan y engrupen, bajo la idea de que somos capaces de hacer cualquier cosa con nuestra vida, incluso aburrirnos como ostras en el fragmentario tiempo del reposo. Y es en medio de este pantano existencial reaparece la culpa, ese viejo enemigo, el retorcido mecanismo demasiado humano, utilizado, proyectado y acuñado en todas sus expresiones de género, culturales, religiosas o sabrosamente ateas. Nosotros los hombres de este tiempo capaces de participar en el mercado, con toda la potencia de la libertad, nos aburrimos, nos llenamos de culpas por aquellos que no hicimos, dejamos de hacer o no hacemos, añorando la eficiencia hasta en nuestro tiempo libre. Así nos encontramos más de algún domingo por la tarde, con todo dispuesto para encaminarse por los yambos del gozo de un dolce far niente –expresión italiana para denominar al pataneo ilimitado- y nos vamos de cabeza en los abismos de una flojera amorfa que, a medida que se extiende en el tiempo, se va agusanando de remordimientos. Este sentimiento de angustia, que ha entrado en nuestro 'bien mal vivir' de casi occidentales, caracteriza lo que el sicoanalista Sandor Ferenczi, hace casi un siglo atrás, definía muy frescamente como "neurosis del domingo". Un síndrome de cierta actualidad en nuestros tiempos de mercado, que no se enmarca sólo en los fines de semana, los feriados o la mitad de las vacaciones, sino que se ha ido colando en el desarrollo diario de la vida, enmascarándose en la hiperkinesis, en la actividad desmedida, en el pasar eternamente fuera de casa o darle tiempo ilimitado al trabajo que se engulle todas nuestras fuerzas. Toda una fuga para no estar incómodamente con uno mismo. 

Tres: El aburrimiento, destino del hombre
 
El Noruego Lars Fr. H. Svendsen, en su filosofía del aburrimiento señala: "Es difícil determinar si el mundo nos aparece privado de sentido porque nos aburrimos o si nos aburrimos por que el mundo nos aparece privado de sentido". Según él, aburrirse, es un síntoma del leiv motif del pensamiento de nuestro tiempo: la perdida del significado de lo humano. Pero la verdad, pareciera ser que, nada más humano que el aburrimiento y el andar por el mundo medios urgidos de sentido, aunque vivir aburridos no es ningún programa esperanzador de futuro. Si en el pasado el aburrimiento constituía un privilegio de clase alta aristocrática, hoy por hoy –como Svendsen expone- se ha convertido un fenómeno de masa, tremendamente vago y multiforme –si no polimorfo- que incluye de manera participativa, representativa e igualitaria a todos los estratos sociales: todo un triunfo para la democracia moderna. El aburrimiento se ha vuelto un estado de ánimo inevitable de la cual no nos podemos sustraer debido a que va creciendo proporcionalmente a la proliferación de placebos sociales que poseen como meta el anestesiarlo, ofreciendo a la inmensa raza de los aburridos una gama de pirotecnia para matar el tiempo, de diversión, de espectáculo y de distracción, que resultan diversivos cada vez más ineficaces que nos llevan de lo burdo: del pasado de la Lola Melnyck, a la precaria situación económica de la familia de Pinochet; de la sofisticada formas de vivir y ver el mundo macrobióticamente entre ángeles y presencias, a la majadera ordinariez de la entretención televisiva, desde de la literatura "cohelliana" hasta los deportes extremos y cada vez más peligrosos. Pero cada vez que apagamos la televisión, salimos de la discoteca o de los pubs de moda, una vez que los happy hours se nos acaban y nos quedamos solos, el aburrimiento como una amante fiel nos espera para dejarnos con un sabor amargo e incómodo en el estómago similar al que dejan las opiniones de Rafael Gumucio en un pasquín farandulero de propiedad de Emol. Antes –como bien dijo Huges-Bernard Maret- hubiéramos creído que nos aburrimos porque nos divertimos demasiado, ahora sabemos que nos aburrimos porque no nos queda otra. No es sólo la rubia tarada, aburrida, bronceada, la que sucumbe, en realidad con ella todos vamos en la misma. Después de todo "distraerse significa casi siempre cambiar de aburrimiento".

Cuatro: la otra cara de la medalla

El domingo por la tarde se nos transforma en una suerte de isla de aburrimiento en un mar semanal de actividades. Una especie  de calma que guatea, una tranquilidad asfixiante e incómoda que tiende a detener, a desacelerar el tiempo, fijándolo en un interminable presente sostenido en una única tensión: la de no caer en una en el vacío. Curiosamente la palabra alemana para aburrimiento da cuentas de esta experiencia: langeweille, que literalmente significa 'tiempo largo'. El aburrimiento dominical (lata, fiaca, noia, fomedad, flojera, paja...) es la experiencia de un estado de ánimo 'humano, demasiado –exageradamente- humano', un tiempo de distensión que en vez de soltar y relajar las posibilidades humanas simplemente las tensa, las subvierte y las vacía, generando un motivo de conducta regular: "Cuando uno se halla habituado a una dulce monotonía, ya nunca ni por una sola vez, apetece ningún género de distracciones, con el fin de no llegar a descubrir que se aburre todos los días", apunta certeramente Anne Louise Gemaine de Stael.  Pero pareciera ser que tal actitud no es del todo censurable o reprimible, Josif Brodvsky, premio Nobel de poesía, en su Elogio del aburrimiento re-evalúa la situación: "cuando el aburrimiento te golpea, tírate dentro/ Déjate oprimir, sumérgete hasta lo profundo". Ciertamente no es nada de fácil, el aburrimiento es un punto de entrada a la soledad más propia y profunda, y como tal es fuente de miedo e incomodidad, pero también constituye un momento privilegiado para pensar en si mismo, de evaluar la propia vida, un motivo de exploración, de conexión y autoconocimiento de lo que en lo que en verdad somos. En este sentido – en palabras de Voltaire- nuestro peor enemigo sigue siendo el aburrimiento. Este 'tiempo largo' que se nos impone como peligrosa inactividad es también un poderoso campo de creatividad y de originalidad, que exige enfrentarlo en su radicalidad (por fea o dura que sea) en vez de hacerle el quite de modo efímero e insustancial por la vía de las trasgresiones y los excesos, de los placebos, del alcohol, de la droga, de una sexualidad superficial, de la televisión, del riesgo y todos los subgéneros de la entretención momentánea. Bertrand Russell apuntaba: "una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor". La idea es sumergirse en el aburrimiento, bucearlo, comprenderlo y experimentarlo para integrar el vacío como una dato que nos ayude a descubrirnos en nuevos significados y perspectivas existenciales. Miguel de Unamuno nos da una certera pista al respecto: "hay algo de dulce y sosegador, y sobre todo de sabio, en eso que los hombres del mundo llaman aburrirse". Pensar  en profundidad el aburrimiento, bajo la idea de Wittgenstein, es rezar, es decir tener un contacto más allá de uno mismo, con aquello que nos origina y nos contiene. Pareciera que pensar profundamente es lo que le falta a nuestro tiempo, no para no aburrirnos sino para enfrentarnos en nuestro aburrimiento. No olvidemos aquello que lúcidamente nos enrostraba Nietzsche: "quien se atrinchera contra el aburrimiento, se atrinchera en contra de sí mismo".

Assisi, Domingo por la tarde
del 1 de Agosto de 2004

Autor: Tito Fernández Cubillos

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