Felipe Lobo, nuestro coterráneo que por estudios se encuentra en Francia, nos ha enviado su segunda nota, en esta oportunidad sobre el Cementerio Père Lachaise
Resulta bastante extraño que un cementerio sea un lugar con tanto atractivo. Pero el cementerio Père Lachaise, ubicado en el extremo este de París, reúne diariamente a cientos de turistas de todo el mundo que vienen a ver las tumbas de famosos, que a lo largo de varios siglos han sido enterrados allí.
Basta bajarse del metro ubicado en una de las puertas del cementerio para darse cuenta de cual es la tumba mas visitada. Los quioscos del sector venden mapas del cementerio y principalmente marcan la ubicación del muerto más buscado por los turistas jóvenes: Jim Morrison, el vocalista del súper escuchado grupo The Doors.
No resulta fácil ubicar su tumba, yo pensaba que sería un gran mausoleo, un gran monumento a un "tremendo" personaje de nuestra época, pero no es así. Me atrevería a decir que se trata de una de las tumbas mas modestas del cementerio, la única que esta cercada por barreras de seguridad y con un guardia permanente que la vigila, aburrido de sacar a fanáticos que se quieren tomar un trago con su ídolo.
El sepulcro se encuentra bien escondida detrás de otros más grandes, y muestra el paso de los rockeros que sí alcanzaron a tomar y fumar junto a Jim. Innumerables dedicatorias y algunos pedazos menos son los rastros dejados para acompañar el poco solitario descanso de nuestro ídolo.
Pero no sólo de Jim Morrison vivimos los rockeros.
Sólo debí seguir los pasos de personas mayores que compraron el mapa del cementerio o acercarme a las aglomeraciones de gente para sentirme emocionado con los personajes que encontré.
Una pequeña tumba bien arreglada y con muchas flores me recordó que también existieron otros músicos, y realmente grandes, ahí estaba Frederic Chopin, respetuosamente acompañado por mucha gente que fotografiaba su tumba.
Otros pocos pasos por mausoleos realmente imponentes y nuevamente el asombro, uno de mis escritores favoritos de todos los tiempos, sin quererlo estoy frente a la tumba de Molière, el padre de la comedia, alguien que fue capaz de hacer reír y reírse de la sociedad de su época, algo nada fácil cuando se vive bajo una monarquía absolutista.
Sigo caminando y encuentro a Edith Piaf, en su tumba de piedra negra, enterrada junto a alguno de sus familiares, sin mayor pompa, acompañada de un par de personas que miran sus fotos sin mayor asombro.
Ya van a cerrar el cementerio y me entero que en alguno de sus rincones esta enterrado Oscar Wilde. Busco su tumba porque me interesa verla, finalmente encuentro un mausoleo bastante nuevo para la época del escritor y, a través de una leyenda ubicada en su base, me entero que su tumba ha sido reconstruida porque la original fue destruida poco a poco por los turistas. De todas maneras es raro verla, el nuevo mausoleo se encuentra completamente lleno de marcas de labios, hechas con lápiz labial de distintos colores y tonos; por si no lo saben, para muchos Oscar Wilde es recordado más por haber sido un ícono homosexual de su época, que por haber sido un gran escritor.
No puedo dejar de mencionar los numerosos monumentos que en el cementerio recuerdan a los millones de caídos durante las dos grandes guerras mundiales, algo que sin lugar a dudas permanece siempre presente en la memoria de los franceses y, esperemos, en la memoria de toda la humanidad.