De sur a norte subes por mi patria a lo largo del viento con tu canasta de agua interminable con tu casaca azul
Que el tiempo no desgasta y cada día dejas sobre la arena una ola distinta, una fragancia de perdurable espuma
disuelta a cada instante, un nuevo soplo de eternidad dorada para mojar en ella la gaviota de nuestro pie desnudo.
Qué helado vienes, mar cordillerano con tanto frío a cuestas desde el nevado muelle silencioso donde el mundo termina.
Qué tempestuoso abismo te origina el más largo suspiro, hasta tocar mi frente con tu aliento de pelar madre selva.
Desde el pájaro-niño, con su traje de oscuro terciopelo y camisa de nube inmaculada, a la gaviota roja
Del norte calcinado, cuánta orilla deslumbrada recorres, cuánta callada piedra me suavizas para llegar al borde
De mi central arena, donde vuelto cotidiana bahía, dejar caer tus peces balbuceantes sobre las altas mesas
del crepúsculo, abriendo los mercados de las repletas olas, sentándote en las plazas marineras con tu olor de alegría.
Envías pescadores a los cerros con la brusca cosecha de tu entraña de yodo, cada día despachas alcatraces
en todas direcciones, extendiendo la azul mantelería de tu almuerzo de sal y cochayuyo. Es tan resplandeciente
sentirse en la mañana del verano sacudiendo las olas de tus heladas sábanas, el lecho donde arrulladas duermen
las sirenas, que el atardecer, ascienden a escuchar los acordeones, con sus verdes cabellos llenos de caracoles.
Por la más sola Isla del océano diste una clara vuelta antes de aparecer en tu alta balsa de inmemorial zafiro.
Tocaste las estatuas levantadas al borde de las olas y en la rosada playa de Anakena besaste el pie moreno
del niño rapa-nui, de oscuros ojos en cuya boca canta el pájaro dialecto, que tan sólo tu oído reconoce.
Después de balancear en nuestra rada tus barcos carboneros, prosigues costa arriba hacia el desierto donde los peces duros
del cobre y de la plata se rebaten al fondo de la tierra y el pálido salitre se desvela por darnos su albo fuego.
Salina soledad, lento brasero donde tu sed empieza donde la ola toca el seco cactus y el corazón de azufre
de la tierra del norte, donde dejas tus verdes aceitunas como una ofrenda más, valle de Azapa para el olivo de agua.
Toda la orilla larga de esta tierra reclinada y azul se multiplica y canta en su arrecife, los puertos madereros.
Los del trigo, los ovejeros valles donde la espuma bala como un cordero mas entre la nieve, y los canales
del relámpago austral, los archipiélagos de vidrio, que reflejan las olvidadas islas y en la bruma la foca primitiva
atestiguando el hielo de tu origen. El cóndor en la cumbre de su tenaz castillo te contempla como otro cielo libre donde tienden las alas negros albatros sobre el desfiladero de roca en que nacimos, largo tronco de álamos celestes.
Este extremo del mundo te recibe distante de este modo antártico y solar, sin objeciones rodando a tus quebradas
cada hora del día, levantándose la vida con tus velas, durmiendo con tus redes enrolladas en torno a la cintura.
Ni peumo ni alameda desconocen tu navegante aroma, la misma cordillera con tus templos de piedra sumergida
prolonga su dormida ciudadela debajo de tus olas los pálidos picachos submarinos ayer morada aérea
del pájaro salvaje, en larga fila recorren hondos peces; los valles y los bosques misteriosos te habitan sin sonido. por eso te contemplo desde el muelle con tu desnuda espalda de cargador de plátanos, volcando la miel del horizonte,
portuario y sudoroso mar de chile, el que de sur a norte sube y baja, frutal o marisquero en su balsa de lobo.
Respiración rebelde que conozco desde el agua primera, originaria sal del primer llanto en mi pequeño balde
de aluminio de infancia en que cupiste, me diste el primer eco de tu redoble azul, primera hebra de tu estelar idioma.
La espuma que rodaba entre mis dedos era toda la espuma del planeta, cabía el infinito en el menudo hueco
de mi pintada pala de madera y era toda la tierra esa gota de sal que me dejabas sobre la abierta mano.
De orilla a orilla oceánica del tiempo todo se une y mece en la comunidad de tu esmeralda, anudas y desastas
en ti toda la vida y en tu hamaca que nadie sabe cómo nos cimbra y adormece, recostados nos llevas al olvido,
como aun colmado puerto donde cesan las olas para siempre en donde toda la espuma finaliza, y arena y toda música.
Y todo es como un niño que en la playa aún quiere levantar con sus lejanas manos un castillo de arena iluminada.