Y de repente fue tu llamado más tenso que el arco de los cielos disparando aerolitos. De repente en mi sangre tu socavar inmenso, mar de leyendas puras, mar de los grandes ritos.
Me seguías azul con tu azote de vientos. Ibas en mis arterias, potro de sol y escamas. Resplandecía toda de látigos violentos tu cola pavorosa, verde dragón de llamas.
Eras el que domina, y el que arrasa y abate. La fresca y alta furia del que todo lo pierde. Crinado de relámpagos, ¡oh léon de combate! se quejaba la tierra bajo tu zarpa verde.
Eras la rebelión y el equilibro fuerte, entre rocas, espumas, algas y caracoles. En líquidos vaivenes, portador de la muerte, te alargabas en trombas, dinamitando soles.
¿Qué ángeles pavorosos castigaban tu flanco? Dios quería recogerte de las cortadas bridas. Y tú te revolcabas en un delirio blanco De azahares, palomas y de velas perdidas.
Desbocados corrían tus ágiles caballos, con retumbes profundos, artillero maldito. Apretaban tus dedos el gatillo del rayo, y era el cielo partido la cumbre de tu grito.
Escuché tu llamado, tu clamor de repente. En tu caos hervían ignorados planetas. Delirios y recuerdos castigaban tu frente. Tenías el tremendo gesto de los profetas.
Alguien segaba en ti gavillas de tifones, infinito aletazo, líquida cordillera. En tu olas danzaban treinta mil tiburones y gemían los barcos en tus garras de la fiera.