Padre, pastor heroico de las islas, fiel apacentador de la albacora que se columpia en las ciudades de agua del norte tibio, edén para las redes; y que en el sur de hielo y verdegay cierras los ojos para urdir despierto coreográficas danzas de sirenas, mientras el archipiélago recorren los pies de seda de la luna loca!
A través de mis venas, ¿no transcurre la misma floración de la aventura que enclavó en California al hombre triste de quien proceden todos mis desvelos? ¿Héme aquí mendicante, sin embargo, como un pontón en ruinas, el velamen lleno de polvo de la vía láctea, sin otro centurión que el del silencio reposando en su palma de cabeza. ¡Paupérrimo gaviero entre los dones de tu continental tesorería!
¿Oh, mar oceánico, torreón girante, solitario destino de la ola! Bajo el rumor de las constelaciones, un árbol de cenizas se levanta para trocarse en un balandro ciego, sin timón ni trinquete: el de mi vida. Miles de astros en su arboladura se apagarán al fin. Rosas de luto caerán de rodillas en la arena. Mas, tú, dulce flautista ensimismado seguirás por los siglos de los siglos alimentando con tu arpegio errante los senos de ámbar de la costa eufónica que vio mi nacimiento y me dio nombre.